El espíritu impulsado por la iglesia por Allen Quist y Tim Robnet

Iglesia Dirigida por el Espíritu

Por Tim Robnett y Allen Quist

Capítulo 9

CÓMO AYUDAR A OTROS A LIDIAR CON EL TEMOR

Un día, observando a una madre y a su hijo pequeño en la piscina unos cuantos disfrutábamos al ver la gran diversión del niño sentado en el borde de la piscina y salpicando a todos los que rodeaban. El niño se fue a las gradas y, después de bajar un par de escalones, se paró con el agua a la cintura.

Ah, que valiente pensaba él mismo que era.

Animada por la valentía que su hijo acababa de hallar, la madre levantó a su hijo y lo puso de pie en el borde de la piscina, animándole a que salte a sus brazos. Le prometió que lo iba a recibir. Él medio dobló las rodillas como si estuviera a punto de saltar.

Entonces, como si de repente hubiera vuelto sus cabales, se detuvo. Se quedó parado allí queriendo ser valiente y saltar. Repetidas veces se alistó para saltar, y cada vez su madre se preparó para recibirlo, sólo para que él se echara para atrás.

Ese día en particular su madre no logró que saltara. Al irse de la piscina la madre estaba molesta porque su hijo no había saltado, y el niño molesto porque su madre estaba enfadada con él.

El tiempo en la piscina para la madre y el hijo debería haber sido la gran aventura. Debido al temor del hijo y la inhabilidad de la madre para ayudar a su hijo a vencer el temor, el día fue un desastre para ambos.

TEMOR INSIDIOSO

El temor es una emoción insidiosa, sutil, limitadora y rara vez entendida. El temor paralizante como el que aquel niño pequeño sintió puede ser igual de paralizante para los adultos. El problema no se limita al que siente el temor. El no poder entender, mucho menos enfrentar, al temor de otros puede ser igual de frustrante para los líderes como lo fue para aquella madre.

Durante la fusión de bancos que tuvo lugar a principio de la década de los noventa, muchos recibieron notificación de despido. El temor que ellos sintieron es comprensible. La sorpresa fue, sin embargo, que muchos de los que se quedaron con las compañías combinadas exhibieron el mismo temor como los empleados despedidos por la combinación.

¿Qué les hizo sentir miedo?

¿Cómo puede el liderazgo ser parte de la solución?

Las respuestas a esas preguntas descansan en tres principios:

  1. Las personas tienden a paralizarse cuando se trata de dejar lo familiar, aun cuando lo familiar sea malo.

  2. Asusta enfrentar lo desconocido, aun cuando uno sepa que es mejor que lo que uno tiene.

  3. El cambio lleva tiempo, y mientras más tiempo lleva, es más difícil hacerle frente.

Las personas tienden a paralizarse cuando se trata de dejar lo familiar, aun cuando lo familiar sea malo

Usted conoce a Carmen. ¡Sí, la conoce! Es la cajera de su banco; ha estado allí por años. Siempre le sonríe y le llama por su apellido cuando llega al banco para hacer un depósito. Carmen tiene cuarenta años y más, con pelo castaño corto y unas pocas canas que apenas empiezan a asomar. Sabe los nombres de sus hijos y adónde le gusta a usted ir a cenar. Usted la vio el otro día en el supermercado y ella lo recordó. Carmen es una gran mujer, que acaba de recibir malas noticias.

Apenas esta mañana, la jefa de Carmen le dijo que el banco iba a reemplazar a alguna de las cajeras con cajeros automáticos y tendrían que despedirla.

No es que ella no haya soñado con escaparse de allí algún día. Su jefa es todo un dolor de cabeza, siempre gritándole a ella y a todas las demás, a propósito. Le recortó las horas un tiempo atrás, y le quitó su estacionamiento gratis y su seguro médico. Ahora ella tiene que tomar el autobús y le lleva hora y media llegar allá y lo mismo para volver a casa.

Pero Carmen también es una mujer asustada. Sabe de corazón que detesta su trabajo y en realidad no se lleva bien con su jefa cruel y abusiva, pero ha ocupado ese puesto de cajera por años. Se sirve el almuerzo en el segundo piso, conversando de sus hijos y nietos con personas que conoce bien y que también la conocen bien a ella. Por años ella lo ha conocido usted como cliente, así como a muchos otros con quienes se lleva bien. Ella se preocupa por usted como lo haría una amiga.

Tal vez no sea la mejor situación, pero eso es lo que ella hace. Allí es donde ella trabaja. Es casi lo que ella es. Todo el pensamiento de dejarlo y ya no llevar la vida que conoce la paraliza. Se siente como si estuviera muriéndose, y eso asusta.

Este mismo temor acosa a la iglesia siempre que el liderazgo decide que es tiempo de tomar una nueva dirección, tal como cambiar el estilo del culto. Esta es la forma estándar para la mayoría de iglesias que se están muriendo rápidamente. Tanto el liderazgo como los miembros tal vez se den cuenta de que lo que sea que están haciendo, está alejando a la gente, y necesitan cambiar, pero con todo es extremadamente difícil hacer el cambio.

En el capítulo 1 la Iglesia Evangélica Central tuvo que enfrentar ese temor. En su caso, tenían el dilema de enfrentar el temor del renacimiento de la iglesia y todo lo desconocido, o el temor de la muerte de la iglesia y la necesidad de que cada de uno busque una nueva iglesia.

Asusta enfrentar lo desconocido, aun cuando uno sepa que es mejor que lo que uno tiene

Brandon se graduó del seminario hace poco más de un año. Desdichadamente, los empleos en el ministerio juvenil son difíciles de encontrar estos días, así que ha estado trabajando como empleado de limpieza en una iglesia local para sostener a su esposa, Suzanne, y a su hija pequeña. Suzanne trabaja parte de tiempo como enfermera de pediatría en un hospital local. Ella en realidad quiere dejar de trabajar y tener otro hijo pero no puede debido a que necesitan el dinero. A Brandon no le disgusta su trabajo. En la mayor parte él trabaja solo y simplemente cumple sus tareas. En realidad es una vida cómoda, por lo menos en cuanto a lo que tiene que ver con responsabilidad. Sin embargo, no es el trabajo para el cual se educó.

Cuando Brandon estaba en la secundaria era un líder natural, del que decían «que con mayor probabilidad triunfará». Siempre era renuente para asumir un nuevo desafío, pero cuando lo tomaba, tenía éxito.

Ahora enfrenta una oportunidad de empleo como pastor de adolescentes en la iglesia a la que asiste. Esta no es una oportunidad ordinaria para un pastor de adolescentes. Esa iglesia ha tenido cuatro pastores de adolescentes en los últimos seis años. Esta iglesia se come a los pastores de adolescentes y los vomita como curso normal. Hay gigantes en la iglesia que hacen que Goliat parezca un enano. Para esto es para lo que Brandon se preparó; y sin embargo, está aterrado.

¿Qué tal si a él también se lo comen vivo? ¿Cómo se las ve con estas personas? Paga más que su trabajo de limpieza, pero, ¿qué tal si acaba perdiendo el empleo como los pastores previos de adolescentes? ¿Qué va a hacer entonces? Cuatro pastores antes que él no lo lograron. Parece un fracaso seguro.

Hay poca esperanza, y Brandon se siente derrotado incluso antes de aceptar el cargo. Simplemente quiere acurrucarse con su escoba en la iglesia y dejar que todo el asunto siga de largo. Brandon está atrapado entre su temor del futuro desconocido y su deseo de ser un esposo, padre y soldado de Cristo apto. Su indecisión lo paraliza.

El temor a lo desconocido ha impedido que muchos sigan el llamado que Dios les ha dado y que asuman un papel en la iglesia cuando de corazón querían aceptarlo. El temor a lo desconocido hace que los creyentes no les hablen de su fe a sus vecinos ni que den testimonio cuando se lo piden.

El temor a lo desconocido paraliza a muchos esfuerzos evangelizadores. Las iglesias ofrecen entrenamiento para evangelizar a fin de preparar a las personas para que hablen de su fe, pero poco sucede después.

El temor a lo desconocido impidió que el niño salte a los brazos de su madre. Mucho antes de que tengan lugar cambios serios en la mayoría de organizaciones, el liderazgo empieza a procesar el cambio. Forman comités y tienen reuniones por meses. Tienen tiempo para empezar a buscar maneras de protegerse social y emocionalmente mucho antes de que el cambio se haga inminente.

Sin embargo el temor de lo desconocido es parte del problema dentro del liderazgo que les impide dar un paso para ayudar a otros a lidiar con sus temores. Lo desconocido que los líderes temen tiene menos que ver con el cambio que están preparándose para enfrentar y más con el temor de lidiar con personas asustadas. Es un ministerio en el que pocos líderes tienen experiencia, y, por consiguiente, buscarán muchos pretextos para que no siga adelante. Con mayor probabilidad, simplemente ignorarán la necesidad.

¿Qué sucede cuando el liderazgo anuncia un cambio en el personal? ¿Cómo se ven los unos a los otros, los líderes y no líderes (personal y congregación)? Probablemente hay algo de desconfianza en los líderes. Después de todo, los líderes parecen cómodos y todos los demás parecen incómodos.

Los líderes se frustran tal como la madre con su hijo. ¿Acaso el personal y la congregación no pueden ver beneficios? Los líderes no entienden el temor que todos los demás están sintiendo, aun cuando muchos de ellos han sentido el mismo temor meses antes. Los líderes perciben que el personal está actuando como nenes y como pillastres rebeldes. Le dijeron al personal y a la congregación que el cambio sería algo bueno, tal como la madre le explicó a su hijo que saltar sería divertido. Tal como el niño, la gente de la iglesia no puede ignorar su temor. Ellos todavía no han tenido la oportunidad de ajustarse a la idea.

¿Cómo se vería este temor en un ambiente de iglesia? Consideremos una circunstancia que se halla en muchas iglesias en dificultades.

Por muchos años su iglesia ha ido perdiendo lentamente miembros. Los líderes han decidido que si no invierte la tendencia, la iglesia tendrá que cerrar las puertas pronto. Hasta ahora, la condición ha sido obvia, pero nadie habla al respecto. El temor de enfrentar el futuro impide que se saque el problema al debate. La gente evita el temor pretendiendo que el problema no existe.

El liderazgo de su iglesia finalmente saca a la superficie el problema con un anuncio en una reunión congregacional. En la reunión, el pastor y el presidente de la junta explican la crisis y cómo planean resolverla. Les dicen a los presentes que todo lo que se ha vuelto tradición y rutina con los años está sujeto a cambio. Evaluarán y decidirán cuáles ministerios conservar, examinando los ministerios restantes para descubrir cómo se podrían mejorar. Protegerán sólo las verdades bíblicas fundamentales.

La gente se queda viendo al pastor y a los líderes con incredulidad que aturde. Lentamente, en las semanas que siguen, la gente empieza a darse cuenta de que los líderes hablan en serio. La conclusión que gobierna los corazones de los miembros de la iglesia es que cualquier cosa que los miembros hallan confortable, con probabilidad cambiará.

Dos conductas prominentes defensivas afloran: ataque y evasión. Algunos miembros tienen miedo y atacan. Otros tienen miedo y evaden.

Los atacantes hacen preguntas como: «¿Quién causó esta crisis?» o «¿A quién debemos despedir?» o «El liderazgo está exagerando y ha ido demasiado lejos». Los evasores no harán nada externamente como si nada hubiera sucedido, evadiendo la cuestión por completo. Ambos grupos tienen miedo y no enfrentan el temor en forma eficaz.

Mildred ha estado enseñando a niños de seis y siete años los domingos por la mañana por diez años, y le encanta; incluso halla su identidad allí. Teme que ahora tal vez ya no podrá enseñar a ese grupo. Es más, ella no piensa que podrá empezar un nuevo ministerio. La vida en la iglesia le poco invitadora, así que tiene miedo y se mete en su concha. A poco, deja de asistir a la iglesia.

Frank tiene un problema similar, pero el suyo es con el estudio bíblico de adultos. Su clase no marcha bien, y sabe que algo anda mal. Los únicos que asisten a su clase son los que no quieren lastimarle los sentimientos. Algunos le han dicho a Frank que su clase es aburrida, pero él tiene miedo de pensar en hacer algo diferente. Con el anuncio congregacional, el liderazgo está obligando a Frank a enfrentarse a la realidad. Él está asustado porque piensa que va a perder a los pocos amigos leales que tiene, y todos sabrán la verdad en cuanto a él. Frank está furioso y se desquita con los líderes.

Los líderes ven a Mildred como una persona callada que no causa problemas, pero no notan que ella ha dejado de asistir. Ven a Frank como un peleador y quejoso y preferirían que, o bien cambie o se vaya. Ambos están lidiando con sus temores personales.

El cambio lleva tiempo, y mientras más tiempo lleva, es más difícil hacerle frente

La combinación de empresas lleva tiempo. Para el personal, puede pasar un año desde el anuncio de fusión al tiempo en que el empleado está en el nuevo cargo o ha hallado un nuevo trabajo.

Sin embargo, la transición en la iglesia puede llevar más tiempo. Las iglesias batallarán por varios años tratando de hacer el cambio sin en realidad hacer el cambio. Los líderes de la iglesia tratarán un cambio simbólico, que es un cambio que tal vez sea sólo un paso en lo que sería un plan si tuvieran un plan. Tal vez apunten a un blanco falso, tal como atacar un síntoma, tal como la baja asistencia, antes que atender lo que está causando la caída en la asistencia. No quieren oír que sus cultos son sin vida y aburridos, así que formarán comités y subcomités para que examinen miríada de detalles. La progresión puede llevar años, tanto tiempo que a menudo la urgencia del mandato original de la junta se ablanda. Escaso o ningún cambio tiene lugar en realidad. A la larga, el día que los líderes predijeron llega, y la iglesia cierra las puertas por última vez. Es demasiado tarde para rescatarla.

Durante el esfuerzo por cambiar, la mayoría de los líderes y algunos de los miembros de la congregación reconocieron lo que estaba sucediendo. Vieron la vacilación de otros líderes y del resto de la cooperación como esfuerzos por detener el cambio. Fue muy frustrante. ¿Acaso no pueden las personas el fin que vendrá si no hacen nada? ¿No pueden ver que con el cambio la iglesia puede volver al estado de pasión por Dios que solían tener? ¿No ven lo divertido que sería una vez que den el salto del borde de la piscina a los brazos de un Padre aventurero y sin embargo tierno y amante?

Estos líderes frustrados no lograron identificar al enemigo real. No son las personas o los líderes que batallan. Es el temor. Los que atacan o se esconden son víctimas de su temor. Los líderes frustrados finalmente llegan al límite de sus emociones y se van enojados de la iglesia. Los que se quedan sienten una reducción en la tensión y la vida vuelve a la normalidad hasta el momento de la muerte de la iglesia.

¿QUÉ PUEDEN HACER LOS LÍDERES EN FORMA DIFERENTE?

Para empezar, los líderes pueden dejar de ver como enemigos a los que actúan en forma defensiva (atacando o evadiendo). Podemos verlos, más bien, como las víctimas que son. El percatarnos de que ayudar a los asustados, que atacan o que evaden, no empieza con la acción, sino con un cambio teológico en la manera de pensar.

La mayoría de personas ni siquiera saben cuando el temor está impulsando su conducta. Pero sea que lo sepan o no, necesitan que el amor de Dios se derrame en ellos por medio de nosotros, los líderes. Lo que la iglesia en efecto no necesita es que nosotros como líderes reaccionemos a nuestros atacantes o evasores con la misma conducta defensiva que estamos recibiendo. Es común que los líderes reaccionen defensivamente ante aquellos que Dios los ha llamado a amar. Cuando vemos como enemiga a otra persona, la tendencia es ponernos a la defensiva y atacar o evadir a esa persona. Sin embargo, cuando los líderes reaccionen defensivamente, el impacto negativo es mayor que cuando los miembros de la congregación actúan de la misma manera.

Dios está llamando a las iglesias a seleccionar personas especiales para que sean líderes que no reaccionen defensivamente a los que los atacan o los evaden. La iglesia necesita líderes que exhiban el fruto del Espíritu, especialmente en los tiempos de cambio y conflicto. Noten que no es «el fruto de la capacitación o el estudio». La paciencia de liderazgo necesaria para la transición al cambio en la iglesia de hoy es el fruto de una relación personal profunda, duradera, dependiente y obediente con Jesucristo. La iglesia necesita líderes que sean sacrificios vivos, que permitan que Dios, y no sus propios temores, tenga el control.

¿Porque es tan esencial que Dios tenga el control? Porque es la única manera de tener el poder necesario para hacer lo que Dios nos llama a hacer. Jesucristo no trabajó independientemente sino que dijo: «¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras» (Juan 14:10).

Para ayudar a las personas hay que verlas como víctimas antes que como enemigas. Hay que verlas como campos de ministerio antes que como problemas. Uno necesita a Dios obrando en uno y por medio de uno para amar consistentemente aquellos que lo atacan a uno. Uno tiene que estar andando en el Espíritu (Gálatas 5).

Dando por sentado que hemos permitido que Jesucristo gobierne nuestras vidas al punto en que somos un sacrificio vivo en todo aspecto de nuestras vidas, entonces ¿cómo podemos ayudar a los temerosos durante el cambio en la iglesia? Las siguientes sugerencias son resultado de años de experiencia ayudando a las iglesias a lidiar con el cambio.

Espere una reacción de temor (ataque o evasión)

Cuando esperamos que el cambio haga que las personas respondan con una reacción normal de temor, en la forma de ataque o evasión, descubriremos que nosotros mismos experimentamos menos emoción. Recuerde a la madre en la piscina con su hijo. Si la madre hubiera entrado en la piscina esperando que fuera a pedirle a su hijo que haga algo que nunca antes hubiera hecho y que probablemente él tuviera miedo, como los niños normales lo tendrían, ella habría reaccionado en forma diferente. Piense cuando le hablamos a un nene de un año. No recibimos conversación adulta en respuesta, por lo menos no con palabras. Sin embargo no nos enfadamos. Esperemos que el nene actúe como nene.

Por consiguiente, cuando dirigimos el cambio en nuestra iglesia, esperamos que las personas actúen normalmente: con una reacción de temor en forma de ataque o evasión. Cuando enfrentamos sin emoción los temores de otros, descubriremos que hay dos clases de ataques y dos clases de evasión.

Los que atacan, bien sea nos atacarán a nosotros, o atacarán la idea del cambio. El ataque contra nosotros suena como: «¡Eres un inepto!» El ataque contra la idea es más como: «¡Esta es una idea absurda!» (Por favor, no confunda el ataque con el diálogo normal y saludable).

Los evasores son similares. Un evasor nos evadirá personalmente. Nos ve viniendo por el pasillo y cambiará de dirección. El otro evasor se alegra de vernos pero cambiará de tema cada vez que aflora la cuestión del cambio.

Los líderes prefieren tener evasores en la iglesia, puesto que ellos no causan confrontación. Sin embargo, hay un gran problema con los evasores. Ellos dejan al liderazgo con la ilusión de que todo marcha sin problemas. Los evasores calladamente pasan al trasfondo. A menudo los líderes rotulan a los evasores como «remolones» porque parecen retroceder en su participación en la iglesia.

Al liderazgo no le gustan los atacantes. Ellos le hacen frente a uno. Nos obligan a lidiar con asuntos que preferiríamos no tratar. Se les rotula de «rebeldes». Si no se les ayuda en forma adecuada, los atacantes finalmente renuncian y se van.

Por otro lado, si no ayudamos adecuadamente a los evasores, ellos dejaran de luchar y se quedarán. A la larga la iglesia tendrá abundantes evasores en el trasfondo haciendo muy poco por la iglesia. ¿Suena familiar?

Escuche con un oído de amor

Muchos líderes hacen mucho ejercicio «brincando a conclusiones», dando por sentado que ya saben todo lo que tienen que saber sin buscar más información. Cuando logran hacer una pregunta, a menudo se detienen con la primera respuesta, por lo general la más superficial. La gente se protege a sí misma. Rara vez van a darnos una respuesta profundamente personal y bien pensada, por precisa que pudiera ser. Con toda probabilidad no van a decir algo como: «Te ataco porque tengo miedo de abochornarme en el nuevo papel que voy a tener, si, en verdad, tengo algún papel. Si no tengo ningún papel en la iglesia después del cambio, quedaré devastado porque la gente va a pensar que soy un inepto. Y, por supuesto, sabré que tienen razón porque siempre me he sentido inepto».

No es probable que las personas admitan ese nivel de comprensión propia, incluso si lo tuvieran. Más bien, los líderes y la congregación continuarán pretendiendo hacerle frente a los asuntos pero rara vez yendo a la médula del asunto.

Los líderes deben hacer preguntas y escuchar con cuidado las respuestas para descubrir lo que está sucediendo en la vida de un atacante o un evasor. Cuando las personas responden a la pregunta, tal vez le den abundante información, una parte de la cual será al punto y otra parte irrelevante. La tarea de uno es ignorar las afirmaciones irrelevantes a los asuntos que se está tratando de considerar, seleccionar las declaraciones que van al punto, y mantener la conversación avanzando en dirección pertinente. Para ser un oyente selectivo, hay que concentrarse en lo que el que habla está diciendo, resistiendo a la tentación de pensar por adelantado cuál será la respuesta de uno.

Tenga muchas fiestas

Si los líderes quieren apagar todo debate vivo, entonces haga esto: tenga una reunión para darles a las personas una oportunidad de hacer preguntas y expresar sus pensamientos. En esa reunión tal vez haya unos cuantos atacantes que nos dispararán unas pocas preguntas y comentarios superficiales; pero rara vez van a los asuntos medulares. Hay lugar para las reuniones, especialmente para dar información y darles a las personas oportunidad de hacer preguntas de aclaración. Sin embargo, es en las fiestas en donde las personas empiezan a relajarse y hablar de corazón. Es cuando las personas tienen algo de comida en sus estómagos y se sienten bien que se vuelven expresivas. Esto es especialmente cierto cuando las preguntas no son interrogación sino conversación de interés, cuando nuestros ojos, expresiones faciales, y tono de la voz comunica preocupación por ellas.

Si los líderes quieren conocer el corazón y el pulso de la iglesia, es en una fiesta que pueden descubrir la verdad. Sin embargo, es trabajo duro para el líder asistir a una fiesta si quiere conocer el corazón de la iglesia. Un líder está allí no para ser ingenioso, impresionante, expresivo o importante. El líder va a la fiesta para ser un servidor lleno de amor que se abre a sí mismo al corazón de otra persona para aprender. Una fiesta nunca es el lugar para vender un programa o una idea. Siempre es el lugar para que los líderes escuchen a los corazones.

Incluya a las personas en pasos pequeños

Hay algo en la participación que ayuda a las personas a sentirse parte del grupo. La participación les da un sentido de pertenencia; provee estabilidad, identidad y confort.

Para ayudar a las personas en sus temores, déles algo para hacer que sea pequeño y seguro, especialmente en grupos; les ayudará a mantener su asociación con la iglesia. Cuando las personas son activas con otras, tienen menos tiempo para languidecer en su temor.

No empuje demasiado rápido; pero siga empujando

Durante un cambio en el medio ambiente, si los líderes empujan demasiado fuerte, los empujados, especialmente los que están luchando con el temor, sufrirán. El cambio es como un embarazo. Una vez del cambio empieza, hay un período de gestación antes de que pueda tener lugar un nacimiento saludable. Si el empuje por el cambio es demasiado fuerte, entonces puede ocurrir un nacimiento prematuro y habrá un resultado nada saludable.

Por otro lado, no empujar lo suficiente puede ser igualmente devastador. A la gente no le gusta cambiar. Hallarán muchas razones para retardar el proyecto. Tal vez haya unas pocas razones para la demora; pero hay más razones para avanzar. A menos que el liderazgo continúe apremiando, el cambio morirá una muerte nada natural: la muerte por descuido.

Durante la fase de planeamiento debemos dedicar tanto tiempo y esfuerzo a planear para ayudar a las personas a lidiar con sus temores como lo dedicamos a planear el mismo cambio. Durante la fase de implementación del cambio, incluyendo el anuncio, debemos dedicar más tiempo y esfuerzo para ayudar a personas en sus temores que a otras partes de manejar el cambio.

Con el correr de los años hemos tomado parte en muchos proyectos de cambio. No podemos recordar ni un solo proyecto en el que el liderazgo no haya planeado adecuadamente para el cambio. Sin embargo podemos recordar algunos de esos mismos proyectos de cambio que fueron como cirugía mal hecha. El paciente tal vez vivió, pero la vida nunca será la misma. Los problemas brotaron debido a que los líderes no planearon cómo ayudar a las personas en sus temores.

A menudo los líderes, inclusive los líderes de iglesias, se juzgan a sí mismos basados en el plan de cambio. ¿Tuvo lugar el plan? ¿Se realizó el plan a tiempo? ¿Estuvo el costo del plan dentro del presupuesto?

Pero Dios ha llamado a los líderes de la iglesia a un estándar más alto. Hemos intentado recordarles a los líderes lo que Jesús dijo en Mateo 22, cuando se le preguntó sobre el primer mandamiento de Dios. Jesús contestó que es amar a Dios con todo lo que uno es, y amar a los demás como a uno mismo.

Como líderes debemos hacernos nosotros mismos la pregunta: «Si el proyecto fuera un éxito desde un punto mundanal de vista, pero no amó a los afectados, ¿se agradaría Dios?» Puesto que Dios se interesa por su pueblo y su iglesia, los líderes deben preocuparse por lo que le interesa a Dios; debe haber un plan cuidadosamente trazado para amar a las personas que reciben el impacto. Eso no quiere decir que no debamos hacer cambios firmes, pero debemos amar a las personas en todo el proceso.

Trataremos de la implementación en mayor detalle en el capítulo 15.


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