El espíritu impulsado por la iglesia por Allen Quist y Tim Robnet

Iglesia Dirigida por el Espíritu

Por Tim Robnett y Allen Quist

Capítulo 8

UN BUEN TIPO DE TEMOR

El temor puede paralizar nuestras emociones o impulsarnos a grandes acciones de fe. Yo (Tim) tuve una experiencia así durante unas vacaciones de Navidad hace casi una década. Mi hijo entonces tenía diecisiete años. Él era un atleta dedicado, levantaba pesas, jugaba varios deportes, y siempre estaba en excelente forma física. Sin embargo, ha batallado con el asma desde que tenía tres años.

Nuestra familia había ido a visitar a nuestros parientes en California durante las vacaciones de Navidad. La noche antes del día en que proyectamos empezar el viaje de regreso a Portland, Oregón, Joel tuvo un ataque de asma, y tuve que llevarlo corriendo al Hospital Mercy de Bakersfield. Esa fue una escena que me asustó mucho. Joel desesperadamente boqueaba buscando aire. Los médicos ordenaron un «coctel» de remedios. La enfermera de la sala de emergencia le dio una dosis, y después otra. Las dosis fueron demasiado. Actuaron como una sobredosis. Nunca he visto una reacción a una medicina como esa. Yo estaba de pie junto a la cama de mi hijo mientras su pecho batallaba y su corazón latía aceleradamente, y yo pensaba que su corazón se iba reventar. Fue un momento de mucho miedo, un momento de impotencia, un momento cuando mis emociones se paralizaron.

El temor tiene muchas caras. El temor vienen muchas maneras. Recuerdo haber llevado a un grupo de creyentes a la Tierra Santa en 1984. Fuimos a Israel, Egipto, Grecia y Turquía. Estábamos en El Cairo en un hermoso día de primavera. Un grupo estaba visitando las pirámides. Tuvimos la oportunidad de entrar justo hasta el corazón de la pirámide. El pasaje era extremadamente estrecho con una persona pisándole los talones a la siguiente, trepando un tedioso escalón tras otro por una tembleque escalera de madera.

Mi papá trepaba por la escalera unas cuantas personas delante de mí. Le iba bien para un hombre con más de sesenta años. De repente él dijo: «Tengo que salir de aquí». Nos detuvimos mientras él invertía su dirección y se escurría hacia abajo. Lo había vencido la claustrofobia. Su claustrofobia brotaba de su carrera de trabajo como plomero en Shafter, California, en donde el terreno es extremadamente arenoso. Él había estado en varios derrumbes en los cuales había quedado sepultado vivo. Había salido en cada ocasión, pero la pirámide se parecía demasiado a «estar como en una zanja». Así que él tuvo que buscar el camino más rápido de escape.

¿CUÁLES SON SUS TEMORES?

Todos y cada uno lidiamos con algunos (¡o muchos!) temores. Temor al fracaso, al rechazo, a la muerte, al cambio, a la falta de dinero, a la responsabilidad, personas, el futuro, el éxito; la lista es más bien ilimitada. Los temores nos vienen en varias formas por toda la vida. El Salmo 34 narra la jornada emocional de un alma atormentada con temores de todo tipo. La paranoia de David se manifiesta en las malas decisiones que toma, histeria desenfrenada, y el total dominio de sus emociones por sobre sus capacidades mentales. David se muestra abrupto con Dios y exhibe conducta totalmente fuera de control.

Los capítulos 20 y 21 de 1 Samuel revelan el contexto de esta dolorosa narración. David y Jonatán habían convenido en un lenguaje de señales para indicar si Saúl intentaba matar a David o no. Simplemente imagínese el drama de ese encuentro un día avanzaba la tarde. La joven vida de David cuelga en la balanza. Hay mucho en juego. La vida de David relampaguea ante él. ¿Qué sucedería?

David contempló su relación personal con Jonatán, su mejor amigo. Habían atravesado tanto en apenas pocos años. Jonatán le había defendido, repetidas veces habló a su favor, e intentó convencer a Saúl que David era un sirviente leal. Los corazones de David y Jonatán latían a una. Hallaron gran motivación en su amistad. Ninguna otra relación personal tenía un mismo sentir comparable. Verdaderamente tenía una maravillosa relación personal que significaba todo en el mundo para ambos. Sin embargo, debido a la paranoia de Saúl, su poder e intenciones perversas, tenían que cortar esa amistad.

Así que en 1 Samuel 21 vemos a David huyendo. Huye al sacerdote de Nob. Cuando llega al lugar de adoración, se dirige al sacerdote Ajimélec: «¿Tienes algo de pan?» «Pues bien, no; no tengo ningún pan regular. Sólo tengo el pan especial, el pan de adoración, y no puedo dártelo?». David arguye y luego presiona al sacerdote hasta que consigue el pan. Luego dice: «¿Tienes una espada, una lanza, algún arma»? Ajimélec responde: «En realidad, tengo la espada de Goliat; aquella con que lo mataste». Así que en su estado de pánico, intensificado por su reciente pérdida de amistad con Jonatán, lo único en que puede pensar es en comida y un arma. El relato omite todo en cuanto a Dios o la oración. David empuña las dos cosas que piensa que le salvarán la vida, comida y un arma, y huye a Gat.

DE MAL EN PEOR

La situación de David fue como saltar de la sartén a las brasas. Parecía que pensaba para sus adentros: Pues bien, saben que soy enemigo de Saúl. Saúl es rey de Israel. Así que si huyo y me uno a ellos, van a pensar que estoy del lado de ellos, y me rescatarán, y me cuidarán. Pero para su gran sorpresa, cuando llega allá, la gente dice: «—¿No es éste David, el rey del país? ¿No es él por quien danzaban, y en los cantos decían: «Saúl destruyó a un ejército, pero David aniquiló a diez»?» (1 Samuel 21:11). La paranoia de David le había cegado a las realidades del día. Era bien conocido, y no iba a hallar seguridad entre los enemigos de Israel. Había esperado seguridad y descanso. Halló que al huir se había puesto en las manos del enemigo.

¿Ve lo que hace el temor? ¿Ve lo que pasa cuando no nos concentramos en el Señor y en el gozo del Señor incluso en medio de gran peligro? Todos los días hay personas, sucesos y circunstancias que pueden abrumarnos. El temor saca su horrible cabeza para aterrorizarnos e impedir que confiemos en el Señor.

A principio de los años noventa yo (Tim) visité Taiwán por primera vez en preparación para una cruzada con Luis Palau. Al viajar solo a un nuevo país, al alojarme en la casa de un misionero desconocido en Taipei, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, hallé escasa comodidad en esta abrumadora ciudad. Sin conocer ni un alma en la ciudad, me sentí incluso más sólo al reflexionar en lo que mi anfitrión dijo al dejarme: «Lo recogeré en un día o dos». Yo no hablo chino. Tenía poco dinero. Pero allí estaba, rodeado por lo nada familiar y totalmente solo.

Por lo menos estaba bajo techo, fuera de hollín y niebla de Taipei. Pero fue una noche terrible. Nunca he estado más paranoico ni he percibido tanta oscuridad. En realidad, me asusta la oscuridad. Me sentía lleno de ansiedad, irritado y no pude dormir. Llamé a mi esposa dos o tres veces esa noche. De alguna manera, logré pasar la noche que pareció una eternidad.

Al final de mi viaje Doug Cannon, un amigo misionero que yo había conocido por varios años, me recogió y me llevó al aeropuerto. Al describirle la experiencia le dije: «Nunca he tenido sentimientos tan aterradores como éstos. ¿Por qué este temor, este abrumador sentido de oscuridad y paranoia?»

Escuchando pensativamente, respondió: «Sabes que este país se ha entregado a adorar los espíritus de sus familiares fallecidos. Hay adoración y actividad sustancial de demonios en toda la tierra». Algunos de nuestros temores se originan en la guerra espiritual, algunos temores brotan de relaciones personales rotas, y algunos de nuestros propios abusos personales.

El contexto histórico del Salmo 34 indica que a David lo abrumaba el temor. El temor puede aplicar asombrosas cantidades de presión negativa en nuestras almas, y, como David, podemos tomar decisiones muy insensatas.

Los líderes y administradores de los asuntos de nuestro Señor necesitan enfrentar estos temores sutiles y abiertos a fin de tener fruto en el ministerio. Cuando nuestras motivaciones internas brotan del temor y no de la fe, en última instancia demostraremos ser impotentes para ver el reino de Jesús transformando nuestro mundo. Si no encaramos la realidad de los temores por dentro, entonces nos disfrazaremos como santos suficientes cuando en verdad somos muy ineptos para la vida y el liderazgo. Algunos tal vez se oculten detrás de una actitud de superioridad, usando títulos o grados para impresionar a otros. Otros evadirán asuntos de necesidad personal y crecimiento echándole la culpa otros, cambiando de tema, o delegando a otros ministros asuntos que ellos deberían atender en persona. Este pseudo cristianismo típicamente se derrumba bajo las presiones y tensiones de la vida.

EL CAMINO DE ESCAPE

¿Como salió David de este lío? Fingió que estaba loco. Actuó como un loco. Dejaba chorrear la saliva por la barba, tenía la mirada extraviada, y actuaba en forma estrafalaria. Su gran representación teatral convenció al rey de que lo dejara ir. Cuando el rey vio a David dijo: «Este tipo está loco. Ya tengo suficientes locos en Gat. No necesito uno más. Que se vaya de aquí». Así que David huyó de nuevo, esta vez en una dirección más segura. El temor lleva a huir. Huir de los problemas de la vida indica que el temor es la motivación, y no la fe. La falta de confianza en el Señor y no clamar a él pidiendo sabiduría y liberación le costó a David muchos momentos de paz.

Tal vez estamos huyendo de algo. Sólo nosotros, y Dios, sabe lo que nos fastidia, independientemente de las ansiedades que tengamos. Pero el Salmo 34 viene para consolar a los tensos, los ansiosos, los cansados, los agotados. Los líderes cristianos deben aprender temprano en el ministerio que mientras no confrontemos y controlemos el temor personal, no resistiremos frente a la prueba.

CINCO REALIDADES AL TRATAR CON EL TEMOR

1. Hay temores

El Salmo 34:4 dice: «Busqué al SEÑOR, y él me respondió; me libró de todos mis temores». El versículo 6 dice: «Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó y lo libró de todas sus angustias». Los versículos 17-19 declaran: «Los libra de todas sus angustias. El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido. Muchas son las angustias del justo, pero el SEÑOR lo librará de todas ellas».

Aquí el texto hebreo gráficamente describe la condición angustiosa de David. Sus temores abarcan un caleidoscopio de emociones. Su alma estaba fuertemente atormentada. Él era presa de la ansiedad. El sentido de la palabra del versículo seis, «angustias», pinta un cuadro de terror. Estaba aterrorizado. Temblaba en sus zapatos. La saliva le corría por la barba. El terror se había apoderado del alma de David. Estas palabras gráficas pintan un cuadro horrible de esas emociones que paralizaban su fe.

2. Los temores pueden abrumarnos

Piense en Pedro, caminando sobre el agua en medio del mar de Galilea, con sus ojos puestos en Jesús. De repente Pedro quitó sus ojos de Jesús y miró al viento y las olas. ¿Qué sucedió? Empezó a hundirse hasta que Jesús lo levantó. O piense del criado de Eliseo en 2 Reyes 6, que se despertó una mañana y miró hacia afuera y vio a 180.000 asirios rodeándolo. Quedó petrificado. No pudo ver sino hasta que Eliseo dijo: «Señor, ábrele los ojos». Podemos tener frente a nosotros cualquier cantidad de temores. Puede ser temor de nuestros hijos, matrimonio, ministerio, falta de significación, un pecado oculto, o temor de que no haya suficiente dinero para llegar al final del mes. Cuando nos concentramos en nuestros temores y ansiedades, pueden abrumarnos. El pensar sólo en los problemas, las ansiedades, los «que tal si» puede paralizar nuestro pensar e inmovilizarnos.

Hace unos pocos años unos amigos queridos estaban totalmente al fin de su cuerda en cuanto a su hija adolescente adoptiva. Ella era una mujer muy inteligente y muy talentosa. Sin embargo, sus normas autoimpuestas de desempeño la habían empujado a enfermarse de anorexia. Empezó a perder un número insalubre de kilos. En cierto momento tuvo un fallo cardíaco debido a su pérdida extrema de peso. Los padres hicieron todo lo que sabían. Pero la conducta empeoró. En su comunidad de fe, continuaron informándolo y abriéndose al respaldo de otros amigos creyentes. En cierto momento, quedaron tan inmóviles que literalmente no pudieron tomar una decisión. El temor de perder a su hija los abrumó. Cuando la comunidad actuó por ellos, el Señor produjo asombrosa sanidad y salud en la hija. El temor puede paralizar la fe.

Las buenas noticias, no obstante, vienen cuando uno supera estos temores al abrazar «el temor del Señor». Salmo 34:9 dice: «Teman al SEÑOR, ustedes sus santos, pues nada les falta a los que le temen». ¿Qué es esto? Los temores humanos, los temores que nos vienen, temores que derriten nuestros corazones, temores que nos hacen enfocar las cosas que no son a lo que Dios nos ha llamado, y temores que impiden que su gozo resida en nuestros corazones son vencidos por otra clase de temor. Un asombro del Señor, una reverencia a Dios, una profunda confianza en él; eso es lo que nos da esperanza. Nuestro Dios es más grande que todos los temores humanos.

3. Necesitamos abrazar el temor del Señor

El temor del Señor es una acción de alabar a nuestro asombroso Dios. El temor del Señor nos pone en una tensión dinámica que, por un lado, nos hace temblar, y sin embargo al mismo tiempo nos acerca más a él debido a su bondad y su gracia.

Uno de los personajes de Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, pinta esta tensión dinámica. Pedro y Lucía, dos de los principales personajes, van a ser presentados a Aslán, el león. Acaban de terminar un viaje largo y cansador. A la larga llegan a un valle amplio lleno de criaturas de todos los tamaños y formas. Mientras caminan en este ubérrimo valle, captan su primer vislumbre de este león glorioso, gigantesco, imponente. Esta tensión se convierte en un sentimiento dinámico en la boca del estómago de Pedro que le hace temblar. Pero entonces el león habla en su voz gigantesca, melodiosa, atrayendo a Pedro justo a su presencia. Pedro, aunque temeroso, queda cautivado por el amor que ve en los ojos de león y oye en su voz compasiva. La fe reemplaza al temor. Lo que había causado que Pedro y Lucía huyan y se escondan se derrite frente a esta irresistible bondad.

El Salmo 34:9 ordena: «Teman al SEÑOR, ustedes sus santos, pues nada les falta a los que le temen». David había quitado del Señor totalmente su enfoque. Se dejó ganar por el pánico. Estaba huyendo. Estaba haciendo cosas ridículas. Cuando nuestras ansiedades nos abruman, tomamos malas decisiones. Cuando nuestra fe no se enfoca en el Señor, podemos hacer cosas realmente insensatas; incluso como creyentes en Jesucristo.

El temor del Señor es algo que se aprende, según se describe en el versículo 11: «Vengan, hijos míos, y escúchenme, que voy a enseñarles el temor del SEÑOR». Uno tiene que aprender cómo temer al Señor. El temor al Señor no es automático. No brota en nosotros en forma natural. David, hablando de su propia experiencia con el temor y la paranoia, está diciendo: «Permítanme enseñarles en cuanto al temor del Señor».

¿Cómo aprende uno a tener al Señor? Mire los versículos 1-3: «Bendeciré al SEÑOR en todo tiempo; mis labios siempre lo alabarán. Mi alma se gloría en el SEÑOR; lo oirán los humildes y se alegrarán. Engrandezcan al SEÑOR conmigo; exaltemos a una su nombre». Tememos al Señor cuando le alabamos. Superamos las ansiedades, preocupaciones y paranoia cuando alabamos al Señor. Por eso nuestras almas desean con desesperación la adoración corporativa. No podemos vivir sin estar con el pueblo de Dios y en la presencia del Señor. No hay nada como eso. Alabar al Señor quiere decir jactarnos de él, hacer alarde de él, elevar y gritar en voz alta alabanzas a su nombre. Alabar al Señor quiere decir que uno se olvida de uno mismo. La adoración requiere que traigamos todas nuestras capacidades mentales y emocionales para enfocarlas en el Dios vivo y verdadero. Somos porristas para él, porque él es digno de toda alabanza.

El versículo 4 dice: «Busqué al SEÑOR, y él me respondió; me libró de todos mis temores». El versículo 6 añade: «Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó y lo libró de todas sus angustias». El versículo 17 dice: «Los justos claman, y el SEÑOR los oye; los libra de todas sus angustias». Tememos al Señor al buscarle diligentemente mediante la oración. Al buscar a Dios, nuestras mentes se enfocan en el objetivo más grande de todos. La decisión de buscarle sólo a él y a ningún otro demuestra nuestra devoción a él. Nos olvidamos de todos los demás, concentrándonos sólo en él. Al buscarle en oración adquirimos una nueva perspectiva. Cuando oramos, el Señor se vuelve fuente y recurso de nuestras vidas. La oración demuestra respeto y dependencia. Él es el único en quien confiamos y nos apoyamos. La oración comunica nuestro deleite en el Señor. La oración es personal, conversacional íntima. Dios se deleita al oír a sus hijos.

Los versículos 13 y 14 dicen en parte: «que refrene su lengua de hablar el mal . . . que busque la paz y la siga». ¿Qué es el temor del Señor? Es una vida justa. No santurrona, sino una vida recta y santa. Una vida que se vive en dependencia de él. Una vida que escoge ser veraz, honesta, leal, amable y de amor conquista el temor. ¿Cómo tememos al Señor? ¿Cómo sabe el Señor que le tememos? Cuando vivimos como su Hijo y tomamos las decisiones que su Hijo tomaría.

Finalmente, para temer al Señor necesitamos ver lo eterno como más importante que lo temporal. Hace siglos Isaías dijo: «El justo perece, y a nadie le importa; mueren tus siervos fieles, y nadie comprende que mueren los justos a causa del mal. Los que van por el camino recto mueren en paz; hallan reposo en su lecho de muerte» (Isaías 57:1-2). Los que temen al Señor tienen una expectativa bíblica apropiada de que los justos están con el Señor y en su presencia.

Así que, ¿qué hemos aprendido hasta aquí? Qué podemos temer al Señor alabándole con nuestros labios, buscándole en oración diligente, viviendo una vida santa y manteniendo una perspectiva celestial. La siguiente parte de este Salmo nos da causa para sonreír.

4. El temor del Señor produce un semblante radiante

¿Qué produce el temor del Señor en la vida del que cree, del que tiene fe en Dios? ¿Cuál fue el resultado de la experiencia de David, después de todo su temor, huida y locura? El versículo 5 dice: «Radiantes están los que a él acuden; jamás su rostro se cubre de vergüenza». ¿Qué produce el temor del Señor en la vida del creyente? Un semblante radiante revela un corazón que confía en el Señor, reflejando su presencia en medio de todo.

Cuando yo (Tim) estaba en tercer grado, el Señor trajo a mi vida a una maravillosa mujer creyente para que sea mi maestra de escuela dominical, primero como líder del grupo mientras yo estaba en la primaria, y después como mi consejera cuando estuve en la secundaria básica. Nunca la olvidaré. Como adulta juvenil incluso teniendo más de cuarenta años, le encantaba la aventura. Ella dirigió muchas excursiones de adolescentes a la playa y las montañas. En muchas ocasiones allí estaba Mary con un coche lleno de adolescentes. Mary se convirtió en una santa viviente para mí. Cuando pienso en lo radiante de Jesús, veo la cara de Mary. Ella siempre tenía una gran sonrisa y un espíritu feliz.

Pero para mí no era simplemente una sonrisa natural; tenía un brillo especial. Fue la primera persona que me enseñó sobre la vida llena del Espíritu. Recuerdo sus charlas sobre Romanos, capítulos 6 y 7. Usaba un franelógrafo, que era la última palabra en ayudas visuales. Su enseñanza empezó a impactar en mí la necesidad de rendirle mi vida a Cristo diariamente, andando en el poder del Espíritu.

Aunque tenía abundantes recursos físicos y financieros, la vida de Mary era muy difícil. Más tarde en la vida me enteré de que ella tuvo un matrimonio muy difícil. Pero a pesar de sus problemas, nunca la vi sin una sonrisa.

Los que temen al Señor tienen un semblante radiante. El versículo 8 dice: «Prueben y vean que el SEÑOR es bueno; dichosos los que en él se refugian». La experiencia de la bondad del Señor trae un gozo interno que se muestra en nuestras caras. Conocer y ser conocido por el Señor es su gran deseo. Dios nos invita a probar y ver que él es bueno. ¿Cuál es el resultado de los que temen al Señor? Saben que Dios es bueno. Tienen una experiencia con él. Él tiene una experiencia con ellos. Se deleitan el uno en el otro.

5. El temor del Señor produce libertad

El Salmo 34:22 dice: «El SEÑOR libra a sus siervos; no serán condenados los que en él confían». ¿Qué produce el temor del Señor en la vida del creyente? Una vida sin condenación, disfrutando de libertad, gozo y esperanza. «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:1-2). Los que temen al Señor son los que viven vidas sin condenación. Oramos que, como líderes, guardaremos nuestros corazones de los temores del maligno y todos los días escogeremos temer al Señor.

Jan era una compañera de clase cuando yo (Tim) estaba en la secundaria. Ella fue la estudiante con mejores calificaciones. Asistió a una universidad bíblica. En su vida profesional Jan llegó a ser coescritora para muchos autores muy prominentes. Consiguió cargos muy altos y recibió un doctorado en filosofía en literatura de una universidad de prestigio. En cierto punto en su vida se casó con un joven creyente. Cuando volvieron de su luna de miel, él le informó: «Ya no quiero estar casado contigo».

Como mujer joven de veinte y tantos años de edad, Jan tenía una alternativa. Podía haberse rendido a un corazón destrozado y convertido su vida en una broma cruel. Pero más bien aceptó la tragedia del momento como viniendo del Señor, y confiando en él ha vivido una vida feliz y productiva. Me contó una vez durante una comida: «Tomé la decisión de que no iba a permitir que la tristeza llene mi corazón, sino que, más bien, iba a servir al Señor». Y el Señor la ha honrado con un ministerio tremendo y eficaz.

La vida tiene muchas alternativas. Para los líderes de la iglesia de Jesucristo los temores internos pueden paralizarnos e impedir que realicemos un ministerio fructífero. A algunos ejecutivos destacados en los Estados Unidos se les preguntó: «¿Qué le ha motivado a tan grandes logros en su empresa?» La mayoría respondió: «Temía el fracaso». Qué manera de vivir: dominados por el temor al fracaso. Pero, ¡qué diferente para los que seguimos a Jesucristo! No es el temor al fracaso, sino el gran respeto y asombro de Dios lo que nos impulsa. El temor del Señor es el principio de la sabiduría, y una vida que se vive con su amor expulsa todo temor no deseado.

Esto es lo que la iglesia necesita: líderes libres de temor y llenos del amor de Dios.


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