El espíritu impulsado por la iglesia por Allen Quist y Tim Robnet

Iglesia Dirigida por el Espíritu

Por Tim Robnett y Allen Quist

Capítulo 5

CÓMO OÍR A DIOS

Cuando mis (Allen) hijos eran pequeños, estaban dotados con un oído asombroso. Mary y yo le llamábamos oído selectivo; oído agudamente selectivo. Un día me dirigía a la puerta rumbo al trabajo, y le dije a uno de ellos: «Por favor, limpia tu dormitorio hoy». Esa fue una petición sencilla lo suficiente y lo dije en voz alta lo suficiente. Considerando que estábamos en la misma habitación, se debería haber entendido con facilidad. Sin embargo, esa noche el dormitorio era un caos.

Dándole el beneficio de la duda, pregunté: «¿Qué pasa? Te pedí que limpiaras tu dormitorio».

«¡No te oí que me lo dijeras!» fue la respuesta al instante.

En otra ocasión, sin que hubiera ningún hijo cerca, le decía en voz baja a mi esposa, Mary: «¿Quieres un cono de helado?»

El hijo, que afirmó que no pudo oírme mientras estaba en el mismo cuarto, venía corriendo desde alguna otra parte de la casa y decía: «Oigan, gran idea. ¿Podemos ir todos a comer helados?»

¿Será posible que los hijos de Dios puedan desarrollar el mismo oído selectivo?

Jeremías lo dice así: «¿A quién le hablaré? ¿A quién le advertiré? ¿Quién podrá escucharme? Tienen tapados los oídos y no pueden comprender. La palabra del SEÑOR los ofende; detestan escucharla» (Jeremías 6:10).

De nuevo dice: «Pero ellos no me obedecieron ni me prestaron atención, sino que siguieron los consejos de su terco y malvado corazón» (Jeremías 7:24).

Jeremías arroja la tensión de nuestro oído selectivo derecho en la cara de los hijos de Dios hoy. ¿A quién vamos a escuchar? Por un momento piense en las ocasiones en que hemos pensado, dicho o hecho algo en nuestros corazones que sabíamos que no le agradaría a Dios. ¿A la voz de quién estamos prestando atención en ese momento? El tema de oír a Dios es un asunto gigantesco hoy. Fue un asunto gigantesco en la iglesia inicial. Noten la advertencia de Pedro a sus lectores:

Cuando les dimos a conocer la venida de nuestro Señor Jesucristo en todo su poder, no estábamos siguiendo sutiles cuentos supersticiosos sino dando testimonio de su grandeza, que vimos con nuestros propios ojos. Él recibió honor y gloria de parte de Dios el Padre, cuando desde la majestuosa gloria se le dirigió aquella voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.» Nosotros mismos oímos esa voz que vino del cielo cuando estábamos con él en el monte santo. Esto ha venido a confirmarnos la palabra de los profetas, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en sus corazones .

—2 Pedro 1:16-19

Los discípulos oyen en la Palabra escrita a Dios como una voz del cielo y de los profetas. Pedro nos advierte que prestemos atención a la palabra como una luz en lugares oscuros.

¿Alguna vez ha caminado por un sendero peligroso por la noche con una linterna de mano? En esa situación, confiamos en que la luz nos asegure de que estamos en el sendero. ¿Para qué es la linterna? Para mostrarnos el camino.

¿Cómo oímos a Dios? Se han escrito muchos libros sobre el tema; algunos muy útiles. Los mejores libros sobre el tema dan una lista de fuentes como la Biblia, el consejo de personas de confianza, nuestras circunstancias y nuestras mentes.

LA BIBLIA

A mediados de los años setenta, debido a una respuesta específica de Dios a la oración, yo (Allen) hablé personalmente con un hombre, ya fallecido, que andaba y amaba profundamente a la persona de Jesucristo. El propósito de mi reunión con él era preguntarle cómo sabía él tan claramente lo que Dios quería que haga, incluso momento a momento todo el día.

Su respuesta fue profunda. En lugar de relatarme un episodio de cómo oía a Dios, me hizo dos preguntas, y luego basado en mi respuesta, me hizo una tercera pregunta. Estas son sus preguntas:

  1. «¿Hay algo escrito en la Biblia en lo que tú no crees, basado en cómo reaccionas a la vida, tus emociones en situaciones difíciles, tus temores en cuanto al futuro, tus prioridades, y en general como vives la vida?»

  2. «¿Hay algún mandamiento, directiva o enseñanza en la Biblia que no estás obedeciendo?»

    Tuve que responder que sí a ambas preguntas. Sin siquiera entrar en detalles de mi respuesta que sí, me hizo una tercera pregunta:

  3. «Si tu fe y tu amor [afecto] por Cristo es tan superficial que no puedes andar en la luz que claramente te ha dado [creer y obedecer], ¿cómo puedes esperar que vas a creerle y obedecerle si supieras más?»

Para empeorar las cosas, tuve que admitirle que nunca había leído la Biblia por entero.

Él siguió: «Allen, Dios te ha dado una carta de amor, proveyéndote la oportunidad de que llegues a conocerle a él, sus pasiones, su deseo para que le ames a tu vez, y cómo tu amor por él se traducirá en la práctica mediante tu obediencia y fe. Estás haciendo esto demasiado complicado. Es cuestión de una relación de amor, y tú ya tienes la mayoría de lo que necesitas para vivir en una relación de amor con él. Lo tienes en la Biblia. Sugiero que te familiarices con ella. Estoy convencido de que cuando llegue el día en que necesites más perspectiva, Dios te la proveerá. Recuerda que tienes en ti la mente de Cristo ya».

CONSEJO

Algunos dicen que podemos oír a Dios mediante el consejo providencial de personas maduras y de confianza. Es más difícil confiar en personas que en la Biblia. Han habido muchos individuos en quienes pensábamos que podíamos confiar, y que más adelante nos fallaron. Sin embargo, en lugar de desechar todo consejo, tal vez sería mejor reconocer que, aunque este consejo puede ser bueno, a diferencia de la Biblia no es perfectamente confiable. Creemos que las Escrituras deben seguir siendo el cimiento de la revelación de Dios para nosotros, con el consejo siendo una fuente de confirmación de lo que creemos en cuanto a la dirección de Dios.

CIRCUNSTANCIAS

Muchos creen que las circunstancias puede ser un indicio de la dirección de Dios. El problema con las circunstancias como fuente de la dirección de Dios es que nuestra interpretación de nuestras circunstancias puede estar nublada. Es fácil perdernos la influencia de la carne o del maligno en una situación que nos resulta agradable. Por siglos Dios ha puesto a sus santos en circunstancias de tensión. Es igualmente difícil ver la dirección de Dios mientras se atraviesa un desastre. Es probable que pudiéramos interpretar mal nuestras circunstancias y, por consiguiente, lo que Dios está comunicándonos. En forma similar al consejo, nuestra interpretación de nuestras circunstancias como fuente de confirmación en cuanto a la dirección de Dios no es perfectamente confiable. Debemos pedirle a Dios que nos ayude a verle en nuestras circunstancias.

EL ESPÍRITU DE DIOS Y NUESTRAS MENTES

En 1 Corintios Pablo nos dice que Dios revela lo que ha preparado para nosotros, y lo hace por su Espíritu.

Sin embargo, como está escrito: «Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman.»

Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios .

—1 Corintios 2:9-10

Pablo también nos dice que Dios no solo se nos revela por su Espíritu, sino que ha puesto en nosotros su Espíritu para que podamos comprender lo que Dios nos ha dado.

Pablo continúa indicando cómo el que no conoce a Dios no puede entender las cosas de Dios, y luego concluye este pensamiento citando Isaías 40:13.

Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido. Esto es precisamente de lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales. El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie, porque «¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo?» Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.

—1 Corintios 2:12-16)

La Biblia es clara; con el Espíritu de Dios en nosotros, en efecto tenemos la mente de Cristo en nosotros, y es el propósito de Dios obrar en nuestras mentes.

No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.

—Romanos 12:2

BARRERAS PARA OÍR A DIOS

Puede ser útil en este punto mirar a lo que se interpone para que oigamos a Dios: sea en las Escrituras, el consejo, las circunstancias o nuestras mentes.

Tiempo para escuchar

¿Quién tiene tiempo para escuchar en estos días? La vida consiste en ir de un «hacer» a otro. Tenemos que ganarnos la vida. Tenemos una casa que mantener. Tenemos nuestras actividades en la iglesia. Tenemos hijos. Hay programas favoritos de televisión que ver, y películas que ver, y partidos deportivos a los cuales ir.

La vida es febril hoy. Nos hemos convencido de que no tenemos suficiente tiempo, y el oír sufre.

Escuchar realmente es amor porque el amor enfoca a la otra persona. El amor exige comunicación; y la comunicación exige tiempo. Un padre una vez le dijo a su pastor: «Tal vez yo no les dé a mis hijos mucho tiempo, pero el tiempo que les doy es tiempo de calidad». El pastor le dijo: «Disparates; no hay tal cosa como tiempo de calidad planeado con nadie. La calidad de tiempo está en las manos de la otra persona, y no sólo en las tuyas. Hay que invertir mucho tiempo para tener tiempo de calidad con alguien». Oír a alguien con un oído que entiende (oír de calidad) exige tiempo.

Oír a Dios es similar; escuchar con un oído listo para escuchar requiere tiempo.

El ritmo de la vida

Cuando Jesucristo andaba en la tierra, andaba como a cuatro o cinco kilómetros por hora. Mientras caminaba, hablaba y enseñaba. Pasaba horas al día conversando con su Padre. La vida era más lenta entonces; no más libre de cuidados, sino más lenta.

El ritmo de la vida puede parecer similar a «falta de tiempo», pero la diferencia está en lo que atiborramos en cualquier hora dada.

La televisión es uno de los lugares primarios de relajación y entretenimiento del mundo industrializado. Algunas casas tienen varios televisores, de modo que los miembros de la familia pueden ver el programa que prefieran. Sin embargo, ¿alguna vez ha visto una pantalla de algún televisor cuando estaba demasiado lejos para que usted se involucre con el programa? ¿Notó lo rápido que cambian las escenas? Se puede medir las escenas en segundos, e incluso entonces probablemente no hallará muchas que duren diez segundos. Mientras que las que escenas pasan volando ante nuestros ojos, el ritmo de la música, las palabras y los efectos sonoros nos martillan. Es cualquier cosa EXCEPTO tranquilizante. Los profesionales diseñan la programación para captar la atención de uno. El ritmo de ametralladora hace mucho para destruir una atmósfera que se preste para oír significativo.

La comunicación casi instantánea del teléfono y el correo electrónico nos hace posible desempeñar mucho más de lo que sea que pensamos que necesitamos desempeñar por hora, pero a gran costo. Nuestra comunicación ajetreada basada en la tecnología ha reemplazado mucho de la comunicación cara a cara. Es fácil ver por qué hay una sequía hoy de oír real.

El oír real es oír entre palabras. Podríamos decir que el oír real es oír con el tercer oído, y el tercer oído oye mejor cara a cara.

Los deseos de nuestros corazones (nuestros afectos)

La falta de tiempo y el ritmo de nuestras vidas atenúa nuestra capacidad de oír (escuchar) a Dios u oír (escuchar) a otras personas. Sin embargo, el tiempo limitado y el ritmo rápido tal vez no sea una barrera tan significativa para oír cómo nos gustaría pensar. Puede ser que el asunto es más simplemente que escogemos no oír. Quedarnos en silencio ante Dios o con otra persona es incómodo.

La mayoría de personas quieren hablar. No quieren escuchar. ¿Por qué? Tal vez se deba porque cuando hablamos nos sentimos en control o importantes. Incluso en el tiempo con Dios los creyentes monopolizan el tiempo hablando. En estos casos la oración (una conversación con Dios) es en su mayor parte pedirle a Dios algo. Oramos a Dios para que nos sane a nosotros (o a algún otro), que provea lo que necesitamos o queremos, que nos haga personas mejores, o que ayude a alguien a ver que se equivoca y que nosotros tenemos la razón, o cualquier otra cosa.

Parece que este tipo de vida es más asunto de recibir amor que de amar, más cuestión de hablar que de escuchar, más asunto de conseguir que de dar.

Haremos tiempo para lo que sea que es más importante para nosotros. Pasar tiempo con la familia, o con Dios, puede ser importante para nosotros; sin embargo, lo urgente que tal vez no sea importante a fin de cuentas parece colgar sobre nuestras cabezas y nos quita nuestro tiempo con la familia o con Dios. Dicho en forma sencilla, es más importante librarnos de lo urgente que atender lo importante aunque no sea urgente. Por lo general es nuestra decisión; sea que lo reconozcamos o no.

Es lo que valoramos, el centro de nuestros afectos, lo que controla nuestra conducta y decisiones. Cuando nosotros somos el centro de nuestros afectos, entonces escuchar a otros será una prioridad sólo cuando ellos tengan algo que decir que nos afecta; cuando hay algo importante para nosotros ganar o perder. Tal vez a veces escuchamos para dar una buena impresión, o para no abochornarnos cuando sea nuestro turno para decir algo. Seguimos siendo el centro de nuestro oír.

El enfoque de nuestro amor

En el capítulo 3 leímos que el deseo de Dios por nuestro amor es su prioridad para nosotros. El tiempo necesario para amar a Dios no es diferente de lo que es con un pariente o amigo. El tiempo a solas con Dios con un corazón que escucha es esencial para oírle y para crecer en nuestro amor por él. El tiempo que pasamos leyendo su carta de amor para nosotros nos dará un entendimiento en cuanto a su soberanía y la profundidad de su amor por nosotros.

Muchos piensan que una lectura disciplinada de la Biblia, junto con oración disciplinada, resultará en que Dios nos amará más, o por lo menos que nos mirará favorablemente. Por favor, descarte ese pensamiento. Dios no nos amará más debido a nuestra mayor disciplina para la lectura bíblica y oración. Dios nos ama infinitamente ya. Sin embargo, hallaremos que debido a nuestro tiempo disciplinado con Dios (disfrutando de su carta de amor por nosotros mientras oramos y escuchamos) crecemos en nuestro amor para Jesucristo y una consciencia de lo que le agrada o le desagrada.

El Dr. Ronald Frost, profesor del Seminario Bíblico Multnomah, capta esta relación de tiempo con Dios y oyéndole. El Dr. Frost cuenta de su experiencia cuando niño. Su padre no tenía un libro de reglas impresas, pero el conocía a su padre bien debido a los años de interacción íntima con él. El Dr. Frost sabía todo el día si sus acciones o actitudes agradarían, o desagradarían a su padre, porque conocía bien a su padre. Conocía a su padre bien porque había pasado tiempo con él.

Al reunirnos con iglesias que tienen problemas, hallamos que muchos de los líderes pasan muy poco tiempo con Dios bien sea en conversación (oración en que hablan y escuchan) o leyendo su carta de amor; la carta que él les ha provisto para que le conozcan.

Piense en una joven pareja cuando empiezan a descubrir que se interesan mutuamente el uno en el otro. ¿Qué hacen? Pasan todo momento disponible el uno con el otro hablando de sí mismos, escuchando los sueños del otro, sus temores, experiencias y valores. Cuando están separados y reciben una carta del otro, leen la carta repetidas veces. Cuando están leyendo, se sienten más de cerca de aquel a quien aman.

Nuestra relación creciente con Dios debe ser de esa manera.

Puesto que el mandamiento número uno de Dios para nosotros es amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, parecería que sería importante que nosotros como líderes hiciéramos precisamente eso. Amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente requiere que pasemos tiempo concentrado con él a fin de conocerle y amarle profundamente. Y oír a Dios corresponde directamente a conocerle y amarle. Sin que importe como lo veamos, nuestras vidas como creyentes o líderes giran alrededor de dedicar tiempo para conocer y amar a nuestro soberano y amante Jesucristo.

Leer la Biblia es leer la carta de amor de Dios para nosotros, a fin de poder conocerle bien y amarle más profundamente. Si le escribimos una carta de amor a alguien que amamos, esperaríamos que no lea nuestra carta por obligación o disciplina. Más bien, esperaríamos que abrazaría cada palabra porque nos ama y quiere conocernos mejor y de alguna manera intimar más con nosotros.

Ídolos en el corazón

Cuando los líderes de Israel fueron a ver a Ezequiel queriendo una palabra de Dios (Ezequiel 14), Dios respondió señalando que estos líderes tenían ídolos en sus corazones y «trampas» ante sus caras, y que Dios los trataría de acuerdo a esos asuntos. Obviamente, Dios sabía que ellos no estaban pidiendo de él una palabra con la intención de recibir la palabra en sus corazones y responder en forma apropiada. Estos hombres de dos caras estaban interesados en su propio poder, respeto, reconocimiento, aprobación, seguridad y comodidad. Cada uno era su propio ídolo mayor. Se amaban a sí mismos, sirviendo sólo de labios para afuera en su relación personal con Dios.

Esto todavía sucede hoy entre muchos líderes de la iglesia. Como líderes de la iglesia o como individuos, tal vez acudamos a Dios pidiéndole una palabra en cuanto a su voluntad, y sin embargo reservándonos el derecho de tomar la decisión final. Otras cosas tienen que considerarse, cosas que dan el tirón a nuestros corazones. Si esas cosas nos impiden responder a lo que sabemos que Dios nos está llamando, esas cosas son ídolos.

Esos ídolos son cosas que la sociedad ha convencido a las personas que son esenciales para la vida. El ídolo puede ser una casa más grande o más costosa de lo que Jesús hubiera querido que compremos si hubiéramos dejado que él decida. Por supuesto, puede ir a la inversa. La casa tal vez sea más pequeña o menos costosa de lo que Jesús hubiera querido que compremos, tal vez para un ministerio mayor al cual él tal vez nos ha estado llamando. Otros ídolos pueden ser el éxito, el poder, el reconocimiento, el respeto, la aprobación, lo previsible, la comodidad, o cualquier sinnúmero de otras cosas.

Como los líderes de Israel, podemos empacar todos estos ídolos en uno: «el yo». Cada persona tiende a ser su propio ídolo mayor. Fácilmente podemos arrullarnos en la ilusión de que Dios se complace con la forma en que vivimos, porque, después de todo, ganamos buen dinero y lo damos a la iglesia. Miren cuánto hacemos por Dios. Dios quiere que seamos felices y disfrutemos de la vida, ¿verdad?

Como equipo de liderazgo de la iglesia tal vez usemos palabras que les dicen a las personas que estamos averiguando la voluntad de Dios, y sin embargo reservándonos en el corazón el derecho de tomar la decisión final. O tal vez nos aferremos a la expectación sutil pero real de que la respuesta de Dios sólo estará dentro de nuestros límites preconcebidos. Es posible que una iglesia convierta en ídolo a un ministerio de la iglesia. A lo mejor jamás se nos ha ocurrido que Dios tal vez tenga para la iglesia algo diferente de la dirección en que hemos estado yendo.

¿Recuerda el carrusel cuando era niño? Era muy divertido cuando usted era niño, pero después de un tiempo probablemente se le ocurrió que no iba a ninguna parte; simplemente estaba dando vueltas y vueltas. En las películas, el caballo y el jinete siempre van a lugares, así que usted quería pasar a lo real. Sin embargo, cuando llegó el momento de hacer el cambio, tal vez en un campamento en la playa o por vacaciones, le dio miedo subirse al caballo por primera vez. Ah, la emoción intensa cuando lo hizo; usted montó el caballo y en realidad fue a alguna parte.

La vida y el ministerio de nuestras iglesias pueden ser muy parecidos a ese carrusel. Nos sentimos como que hemos estado cabalgando en caballos de carruseles hacia arriba y hacia abajo y dando vueltas y vueltas. Pero Dios quiere que cambiemos el caballo de imitación por uno real y cabalguemos con él a una aventura llena de riesgos e incertidumbre, y sin embargo con él totalmente a nuestro lado. Puede dar miedo cuando nuestras iglesias empiecen a pensar en subirse al caballo. Ese miedo puede actuar como un ídolo que nos controla.

Ruidos competidores

Hace unos años un artista explicaba su noción del impresionismo. Estaba tratando de explicar la diferencia entre pintar lo que la cámara ve y lo que la mente ve. Para explicar la diferencia les pidió a sus oyentes que mirarán al Monte Rainier, que estaba a la vista, y noten lo grande que es. Entonces mostró un cuadro de aproximadamente la misma escena. El monte Rainier era sólo una parte pequeña del cuadro. El artista explicó que la mente puede filtrar la escena total recibida por el ojo y enfocar la atención en sólo una pequeña parte de lo que ve.

Oímos en gran parte de la misma manera. ¿Ha notado usted cómo cuando estamos en una situación social, como en un restaurante o una fiesta, con personas rodeándonos por todas partes, conversando, música en el trasfondo, platos y vasos que chocan entre sí, y todos hablando y riéndose, con todo podemos llevar una conversación con una sola persona? Parece que podemos filtrar lo que esa persona está diciendo y separarlo de todos los sonidos que nos llegan. Nuestras mentes pueden filtrar los sonidos que no son pertinentes al momento.

Incluso más asombroso es que en medio de todo ese ruido, incluyendo la voz de la persona a la que estamos oyendo, podemos oír a nuestro hijo o hija a cierta distancia gritando: «Mamá, papá, ¿dónde estás?» ¿No es asombroso cómo de todo ese ruido, la voz de nuestro hijo capta nuestra atención; y no del hijo de otra persona, sino sólo del nuestro? ¿Por qué es eso? Se debe a que conocemos esa voz en forma íntima. Con amor hemos pasado abundante tiempo oyendo esa voz. Mediante nuestra relación personal con nuestro hijo, tenemos un interés intenso en oír esa voz.

Jesús dijo: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen» (Juan 10:27). Eso nos lleva de regreso a la necesidad de cultivar una relación dependiente de amor con Jesucristo; conocer la voz de Aquel que nos ama más, a fin de filtrar y dejar fuera los ruidos competidores.

LA EXPECTACIÓN PARA OÍR A DIOS

Hay dos factores que determinan lo que esperamos oír de Dios: nuestra noción de nuestra capacidad para oír, y nuestra noción de quién es Dios.

En su libro Christ Is All [Cristo es todo], David Bryant habla de la tendencia del creyente a hablar espontáneamente y no hablar de Jesucristo. Dice lo siguiente:

¿Qué tal si él [Jesús] por lo general parece indiferente a procurar soluciones significativas para las luchas de nuestra vida? ¿Qué tal si él nos parece como que ofrece escasa esperanza inmediata para las relaciones rotas, o para las familias que sufren reveses financieros, o batallas perdidas contradicciones, o nuestro destrozado sentido de valía propia, o él implacable ajetreo de nuestras actividades de la iglesia, o la bancarrota moral de nuestras comunidades? ¿Qué tal si el Jesús al que llamamos Señor con frecuencia se lo percibe como incapaz en su intervención con nosotros cuando estamos ahogándonos en los oscuros momentos de desesperanza? ¿Por qué vamos a querer hacerlo un tema principal de conversación cuando nos reunimos?

Si Bryant pinta una imagen verbal similar a nuestra noción real de Dios, entonces, ¿por qué vamos a esperar oír de Dios? O, a propósito, ¿por qué vamos a querer oír de él?

Muchos creyentes no esperan oír a Dios porque no entienden que pueden oír a Dios. La idea simplemente no sé reconcilia con el pensamiento racional del mundo occidental.

¿CÓMO OÍMOS DE DIOS?

Como ya hemos dicho, el lugar más obvio para empezar son las Escrituras; la Biblia. Tenga cuidado, porque hay una pregunta que necesita responder primero: «¿En realidad quiere usted oír de Dios?»

Muchos creyentes dicen que quieren oír la voz de Dios; incluso oran al respecto. Sin embargo, mire cuánto Dios ya les ha hablado a sus hijos mediante su palabra. Tal vez los creyentes deberían ser más consistentes en su obediencia a la Palabra que ya han oído.

Pablo escribió: «Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Romanos 12:1-2).

Lleve este versículo a su conclusión lógica, y tiene que afectar a miríada de decisiones que tomamos. ¿Qué casa compraremos, y cuál será nuestro criterio si somos un sacrificio vivo, santo (apartado) y agradable a Dios? Si somos un sacrificio vivo, ¿qué películas vamos a ver o en qué conversaciones vamos a participar? Si somos un sacrificio vivo, ¿cómo vamos a tratar a la persona difícil en la iglesia, aquella que queremos evadir?

Ezequiel 14 indica que nuestro oír a Dios puede estar ligado a nuestros afectos; en proporción directa a los ídolos o falta de ídolos en nuestros corazones.

Hemos llegado a pensar que el factor número uno para controlar lo que oímos de Dios es nuestra relación personal con él, conocerle y amarle. Si queremos saber más de la voluntad de Dios para nosotros, tenemos que empezar conociendo más a Dios. Tenemos que abrir nuestras Biblias y empezar a leer su carta de amor, no para hallar algún versículo que podamos citar o usar, sino para conocer mejor al Dios de la Biblia. Pasar más tiempo con él, tal como lo pasaríamos con alguien a quien estamos cortejando. Hablar con él más en oración, decirle cuánto le amamos, y solazarnos en su amor por nosotros. Ocasionalmente, guardar silencio y meditar delante de él. Dejar que nuestras mentes se queden en él. Pedirle que nos ayude a reconocer las puertas que él está abriendo cerrando. Hacer todo esto sólo con él y juntos como equipo de liderazgo. Por favor, no haga de esto una obligación.

Dios ya nos ama en forma infinita. El tiempo que pasamos con él no hará que él nos ame más; pero puede ejercer un enorme impacto en nuestro amor por él, y como resultado, nuestro amor por otros y nuestra capacidad de oírle.

Es esencial que nosotros como líderes y equipos de liderazgo le permitamos a Dios que nos guíe. Por consiguiente, es esencial que en forma intencional y continúa crucifiquemos a los ídolos y nos acerquemos más a él en una relación personal más honda y de amor más profundo.


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