El espíritu impulsado por la iglesia por Allen Quist y Tim Robnet

Iglesia Dirigida por el Espíritu

Por Tim Robnett y Allen Quist

Capítulo 3

EL DESCUBRIMIENTO DE UN DIOS AMANTE Y TRANSFORMADOR

En el capítulo previo terminamos describiendo lo que es nuestra esperanza para su iglesia: una iglesia que, incluso durante los problemas, permanece dirigida por Dios por medio de su Espíritu. Esas iglesias vienen en todos los tamaños: grandes, pequeñas, y entre uno y otro extremo. Podemos hallarlas en comunidades grandes, pequeñas, y medianas. Los dirigentes de esas iglesias tienen educación primaria, secundaria, técnica, universitaria, o post graduada. Todos aman a Dios, y se nota.

Desdichadamente, sólo una minoría de iglesias son impulsadas completamente por el Espíritu. La mayoría restante de iglesias están estancadas o declinando. Estas iglesias varían en tamaño, ubicación y educación pastoral tal como las iglesias dirigidas por el Espíritu. Algunas inclusive tienen un gran amor por Dios. Otras quieren que su amor a Dios sea su pasión controladora, pero desdichadamente, están poniendo sus afectos en sus casas, coches, aficiones, la internet o televisores. Algunos líderes de las iglesias que luchan todavía no han reconocido siquiera que haya un problema.

La mayoría de líderes saben que Dios quiere hacer una obra en sus corazones y el corazón de sus iglesias. Saben que algún día tienen que tomar esto más en serio. Sin embargo, Pablo dice que Dios quiere líderes que sean serios para permitirle que haga su obra transformadora AHORA. Pablo dice que Dios habla en serio en cuanto a hacer una cirugía seria en nuestra mente.

Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta (Romanos 12:1-2).

La sociedad, incluyendo muchos de la sociedad de la iglesia contemporánea, diluyen el alcance y profundidad a los que Pablo llama a los seguidores de Cristo. Muchos creyentes, incluyendo líderes, relegan el «sacrificio vivo» a un segmento de su vida, y no a toda ella. Harry Blamires, en su libro The Christian Mind [La mente cristiana], trata de esta tendencia de segmentar nuestras vidas. Podemos recibir una verdad de Dios y de alguna manera podemos poner esa verdad en nuestro segmento espiritual y no necesariamente aplicarla a toda parte de lo que somos.

En el pasaje bíblico mencionado arriba, Pablo no sólo habla del llamamiento de Dios a nosotros para ser «sacrificios vivos» y a ser sacrificios santos (apartados para Dios) y agradables a Dios, sino que también provee una comprensión de cómo Dios hace que eso suceda. Pablo enseña que primero el creyente debe llegar a comprender cuál es «el molde del mundo actual» y cuál es el molde de Dios. Entonces Pablo explica que el proceso que Dios usa es la transformación de nuestra mente. Dios está dedicado a la transformación y lo hace por la jornada entera de nuestras vidas.

Para empezar esta jornada de transformación, debemos empezar a dar algunos pasos. Probablemente la parte más difícil de cualquier jornada son los primeros pasos. Es más, los primeros pasos en este tiempo de descubrimiento en realidad no son pasos en sí. Son más como paradas que pasos. Quiere decir salirse del carrusel de la vida y simplemente detenerse. Quiere decir reunir a liderazgo de su iglesia y pasar dos o tres meses o más en oración regular y estudio: estudiar la carta de amor de Dios y manual para la vida, la Biblia. Este debe ser un tiempo de oración y estudio concentrados para redescubrir la intimidad con Jesucristo.

UNA NOTA A LÍDERES Y PASTORES: Por favor, no tome atajos en este proceso de «paradas» limitándose a enseñar o predicar un estudio. Todos los líderes necesitan pasar horas de estudio y oración juntos. Conforme estudiamos juntos las Escrituras, conversando sobre lo que nos dicen, vamos a querer derramar a Dios nuestros corazones en alabanza, confesión, consagración y amor. Y vamos a querer hacerlo muchas veces. Vamos a querer pedirle a Dios que nos haga receptivos a lo que él tiene para revelarnos.

La iglesia necesita abrirse a la dirección de Dios, como un oído listo para oír y un corazón libre de la influencia de las agendas personales. A lo mejor descubrimos que el liderazgo de nuestra iglesia escoge hacer de esto una parte permanente de su vida juntos.

PRIMERA PARADA: LAS PASIONES DE DIOS

En esta primera «parada» hacia la transformación, podemos enfocar en el descubrimiento o redescubrimiento de cuáles son las pasiones de Dios. ¿Qué es la más alta, o segunda más alta, preocupación o mandamiento de Dios? O tal vez podemos examinar la crítica que Dios hizo a Israel y Judá y que lo impulsó a enviar a su pueblo al cautiverio. Podemos estudiar la crítica de Jesús contra los fariseos. ¿Qué podemos inferir que él quiere de la iglesia y de nosotros?

Podemos evaluar el llamado de Dios a sus hijos a una vida entregada a él; que incluirá riesgos. Podemos hallarnos haciendo algunas preguntas. ¿Son las iglesias y creyentes perseguidos simplemente víctimas, o es la persecución parte del plan de amor de Dios? ¿Qué quiere Dios hacer con sus buenas noticias? ¿Qué es la adoración bíblica?

Resultaremos con muchas más preguntas de aquellas para las que vamos a querer hallar respuestas mediante nuestro estudio, conversación y oración. Una sección de las Escrituras conducirá a otra, y a otra. Nuestras conversaciones nos llevarán incluso a otros lugares de las Escrituras que descubriremos. Durante la oración, el Espíritu Santo nos guiará a versículos que no hemos considerado.

En este proceso, lo que estamos haciendo es deteniéndonos lo suficiente para echar un vistazo nuevo, fresco, y profundo a quién es Dios y lo que le agrada. Y estamos haciéndolo como cuerpo de líderes de la iglesia. Es asombroso cuán poco los líderes de la iglesia examinan juntos las Escrituras y su propio corazón. La parte más difícil de esta primera parada es abordar el proceso sin que nuestros temores personales, agendas o tradiciones extra bíblicas de la iglesia influyan en el resultado. (Examinaremos las tradiciones de la iglesia en un capítulo posterior).

Debido a que el temor, las agendas personales, y tradiciones extra bíblicas están tan profundamente atrincheradas en nuestras vidas y la cultura de la iglesia, es difícil reconocer su influencia. Para las iglesias, esta tendencia ha causado muchos de los problemas que están enfrentando. Dios nos ha llamado a una vida entregada a él y él toma esto en serio. Es una guerra de vida y muerte con implicaciones de largo alcance. Necesitamos dar un serio vistazo a quién es Dios y lo que él quiere de sus hijos y de sus iglesias.

Cuando nuestro estudio ya esté en plena marcha, descubriremos a un nivel mucho más profundo y mucho más incluyente que Dios es soberano, que nos ama, y que está comprometido a sus buenas noticias. Su preocupación o mandato número uno es que le amemos y que nuestras vidas lo demuestren. Debemos enseñar la importancia de este amor a Dios a aquellos sobre quienes tenemos influencia. Hacemos esto por la manera en que actuamos, hablamos y vivimos en la práctica nuestra vida cristiana. Dios se preocupa por nuestros afectos; y quiere ser el enfoque de nuestros afectos.

Su segunda preocupación o mandamiento es que permitamos que su amor fluya por nosotros a los que nos rodean, incluyendo a nuestros enemigos y otras personas difíciles. Dios es un amante que busca, cuyo deseo de corazón es que le amemos a nuestra vez. Así, nuestro amor a él se expresa en nuestro servicio, que fluye de un corazón de amor antes que por obligación o culpabilidad.

Probablemente descubriremos que el trabajo número uno quiere de nosotros es que creamos en él (es decir, que le entreguemos nuestras vidas y posiblemente nuestras muertes por él) y que estemos con él en una relación personal tan profunda, de amor, consagrada independiente de él que cualquier sufrimiento que enfrentemos nos parecerá un gozo porque es por él.

Esto no es un juego ni una vuelta en carrusel. Al detenernos a considerar el carácter de Dios y procurar su pasión, junto con nuestra iglesia amaremos cada vez más y más a nuestro Cristo soberano. Nos hallaremos cada vez más llorando cuando oramos y cada vez más conscientes de lo poco que le conocemos, y sin embargo queriendo conocerle más y más profundamente.

SEGUNDA PARADA: EXAMEN

La segunda parada es también un proceso de descubrimiento. En esta parada nos examinaremos nosotros mismos como líderes individuales, nuestros colegas como un cuerpo de líderes, y la iglesia como un todo. De nuevo, lo más difícil en esta parada es abrirnos a Dios todo lo que podamos. Le pediremos a Dios que nos muestre en dónde somos consistentes o inconsistentes con lo que descubrimos en nuestro tiempo de oración y estudio con Cristo.

Es tan fácil engañarnos nosotros mismos aquí. Repetimos clisés y frases que hemos aprendido a fin de vernos y sonar bien. Incluso en nuestra estructura de iglesia corporativa tenemos reglamentos y proyectos que dicen lo que nuestros reglamentos y proyectos se supone que deben decir. Los creyentes, incluyendo los dirigentes de iglesia, son buenos para ponerse máscaras o ser impostores frente a otros; y tal vez incluso ante sí mismos. Tal vez ya nos percatemos de esto en nuestras propias vidas y las vidas de otros líderes. En nuestros corazones tal vez estemos luchando con esta tensión. Si no estamos luchando ya con esta tensión, bien podemos empezar a luchar después de que Dios nos revele algún asunto de orgullo.

En esta segunda parada le permitiremos al Espíritu Santo que nos examine como líderes basados en la realidad de lo que está sucediendo en nuestras vidas y en la iglesia, y no sólo lo que decimos. Usaremos las obras de nuestras vidas y la vida de nuestras congregaciones para revelar nuestra fe y afectos.

En muchas iglesias la preocupación primaria que los líderes tienen con los nuevos creyentes (y a propósito, su propia gente) es que se vean, hablen y se comporten de una manera predeterminada. Esta no es, sin embargo, la manera en que Dios se propone que su iglesia sea.

Por todo el mundo maravillosos seguidores de Cristo se visten de forma diferente, se comportan de forma diferente, cantan música diferente con diferentes tipos de instrumentos, y adoran de forma diferente. Sin embargo, hay una característica común a todos los que se han entregado Dios: el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.

Parece haber una cultura, tal vez podríamos llamarla una «cultura del reino de Dios», para los que aman a Dios de todo corazón y con toda su alma y con toda sus fuerzas. Esto quiere decir que su afecto por Dios es el afecto impulsor de su vida. Para ellos, esta cultura del reino es mayor que las culturas del mundo, mayor que el racionalismo occidental, mayor que el misticismo oriental, mayor que el modernismo o posmodernismo, y mayor que cualquier igles-ismo que exista en alguna parte del mundo.

LO PRINCIPAL

En Mateo 22:36-40 Jesús dijo que amar a Dios es la preocupación primaria para nosotros. Él quiere que sus hijos le amén. No podemos ordenar a las personas que amen a Dios. No podemos enseñarles sólo con palabras que amen a Dios. Las personas captan el amor a Dios de Dios mediante la exposición a alguien que ama Dios, alguien cuyo amor por él es obvio tanto verbalmente como no verbalmente.

Como líderes de nuestras familias e iglesias, descansamos fuertemente en las palabras. Pero las palabras son la herramienta menos efectiva de comunicación cuando estamos cara a cara con alguien; especialmente alguien cercano a uno.

Imagínese una pareja joven que acaba de casarse y que está en la playa en su luna de miel. Están muy enamorados. Tiene ojos sólo del uno para el otro. Están corriendo entre la resaca del oleaje con las mangas de los pantalones arremangadas, riéndose y divirtiéndose. El esposo se agacha y juguetonamente le salpica agua a la esposa. Riéndose alegremente, ella le dice: «Ah, te odio. Toma eso», y con esas le salpica también a él.

¿Qué dijo ella? Sus palabras fueron «te odio». Dados los hechos, nadie concluiría que su mensaje real fue «te odio». Fue «te quiero». Ella lo ama y simplemente estaba disfrutando de un momento juguetón con su esposo. Nuestra comunicación no verbal a veces puede decir exactamente lo opuesto de las palabras que salen de nuestra boca.

Cuando Jesús dijo que el primer mandamiento de Dios es que sus hijos le amen, estaba citando del Antiguo Testamento, específicamente Deuteronomio 6:5-9. En ese pasaje Dios dirige a sus hijos a pasar a otros el amor a Dios.

Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades.

La palabra «hijos» en este pasaje puede ser una palabra amplia que cubre casi a cualquiera.

«Incúlcaselas» viene de una palabra que significa estimular o afilar. Un sinónimo para «estimular» podría ser «avivar o encender». Tanto afilar como estimular incluye mucho más que el uso de sólo palabras. Incluye todo lo que somos, incluyendo nuestros valores y afectos. Aquí yace mucho del problema.

El problema es que muchos líderes de iglesia, como las demás personas, están atrapados en casas, coches, empleos, en verse bien, esperar que los respeten o gustar, o tener el control. La mayor parte del tiempo tendríamos que inferir que lo que más valoran no es Dios.

El amor exige tiempo. El amor exige comunicación; la comunicación exige participación, y la participación toma mucho tiempo. Alabamos a Dios por los líderes que en efecto se toman el tiempo para amar a Dios y exhiben en sus vidas ese amor.

La mayoría de esfuerzos en las iglesias se gasta manteniendo los programas en marcha, y sin embargo el corazón de Dios es por una relación personal de amor. Este es un gran punto de debate y punto de oración, ¿verdad? ¿Cómo podemos nosotros, como líderes, mantener «lo principal siendo lo principal»? Por supuesto, lo primero es que nosotros, como líder o cuerpo de líderes, personalmente hagamos de Dios lo más importante en nuestras vidas.

LA TENSIÓN

Una vez que tenemos un cuadro más claro de amar a Dios, lo que le agrada (lo que él quiere de uno), y cómo nos está dirigiendo a enfocar de manera diferente la vida y el ministerio, hallaremos tensión creciente. La tensión es entre lo que hemos aprendido que Dios quiere de nosotros y nuestros fuertes hábitos o adicciones para hacer que la vida funcione por cuenta nuestra; administrando la iglesia pero con nuestra fuerza y nuestra sabiduría.

En el capítulo anterior ya hemos leído de la carne y su apretón en nosotros. Y anteriormente en este capítulo leímos del fruto del Espíritu. En Gálatas 5 Pablo traza un cuadro de la carne y el Espíritu en conflicto; conflicto que no se resuelve en esta vida. Esto es tensión real. No es simplemente teología. Es un problema real, práctico, y sin embargo muchos líderes hoy yerran el punto del problema.

La carne es real y paralizante, destruyendo iglesias y las vidas de creyentes. La vemos en las batallas de iglesias, divisiones de iglesias, cólera de liderazgo o de la congregación, conflicto, y odio sostenido entre miembros de la congregación. Vemos la carne en el creciente número de líderes y miembros de congregaciones que caen en enredos sexuales, adicción sexual, pornografía y divorcio. Vemos la carne en la adicción a las posesiones, la idolatría del materialismo, y la ambición egoísta. A veces el liderazgo de la iglesia incluso aplaude nuestra adicción al éxito cuando nos desempeñamos bien en el ministerio. Vemos la carne en la cólera que tiene lugar a veces en las reuniones o entre personas en conflicto. Vemos la carne en los varios grupos que pelean unos contra otros. Vemos la carne en los hogares de creyentes mientras invitan a extraños a sus casas para que hagan actos inmorales frente a su familia (también conocido como el programa promedio de televisión actual).

Estamos empezando a ver algunas iglesias atacando estos asuntos. Están organizando grupos de respaldo para los abusados y abusadores. Hay ayuda para los que sufren de adicciones. Organizaciones como Crown Ministries [Ministerios Corona] están atacando el materialismo, ayudando a las personas a entender que Dios es el dueño. La organización Peacemakers [Pacificadores] está ayudando a las iglesias a aprender cómo mediar en el conflicto. Todas estas batallas contra los síntomas de la carne son buenas y deben tener lugar. Sin embargo, todavía se yerra el punto. Tratar los síntomas sin lidiar con la causa simplemente resulta en que la carne brota de nuevo en el mismo aspecto o en algún aspecto nuevo. Los líderes de la iglesia deben lidiar con la causa raíz: la carne misma. La carne es esa parte de nosotros que trata de hacer que la vida funcione para nosotros, ser autónomos o independientes de Dios en los segmentos prácticos de nuestras vidas.

Líderes, ¿como luchamos contra la carne? Pablo dice que es al andar o vivir por el Espíritu. Así que, de nuevo, volvemos a la principal preocupación de Dios: que le amemos con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, y con toda nuestra fuerza. Su preocupación es que estemos en una relación personal profunda, dependiente, obediente y de amor con nuestro Señor. Su preocupación es que le tengamos a él como nuestro afecto primario; que él sea el centro de nuestras vidas y soberano sobre ellas, y no nosotros. Necesitamos dejar que Dios dirija la iglesia y a los miembros de la congregación que forman esa iglesia.

La carne es un enemigo de los creyentes y de la iglesia. Para luchar contra ese enemigo necesitamos que nuestra relación con Cristo abarque todo aspecto de nuestras vidas, las vidas de nuestros líderes, las vidas de los miembros de la congregación, y la vida corporativa de la iglesia. Es andar y vivir en el Espíritu.

EL TERMÓMETRO DE LA CARNE

Los síntomas de la carne que Pablo bosqueja en su carta a los Gálatas son como un termómetro. Un termómetro nos da información de la condición actual y puede revelar la necesidad de mirar un problema más hondo.

Notamos que nuestro hijo tiene fiebre. Usando un termómetro, descubrimos que su temperatura es más de 40 grados centígrados. Ahora sabemos varios datos. Sabemos que nuestro hijo tiene una fiebre excesivamente alta. Sabemos por experiencia que necesitamos bajar la fiebre para prevenir problemas mayores. También sabemos que hay algo que está haciendo que nuestro hijo tenga la fiebre. Así que ahora sabemos que debemos hallar qué es lo que está causando la fiebre.

¿Qué hacemos? Bajamos la fiebre usando remedios y agua fría. Por supuesto, nunca consideraríamos detenernos simplemente allí. Daríamos pasos adicionales para hallar la causa de la fiebre consiguiendo ayuda de alguien que ha estudiado medicina. Trataríamos tanto los síntomas como la causa de la fiebre.

El mismo principio se aplica al liderazgo de la iglesia. Examinamos nuestras propias vidas y la vida de nuestra congregación para buscar síntomas de la carne, como se habló arriba. Al descubrir un síntoma o síntomas (y los descubriremos, muchas veces; están justo ante nuestras narices), sabemos dos hechos. Primero, sabemos que tenemos un síntoma de la carne con el que tenemos que lidiar. Segundo, sabemos que hay una causa subyacente: la carne.

Por supuesto, debemos lidiar con los síntomas de la carne; y hacerlo a la manera de Dios. Lidiar con los síntomas de la carne es un proceso enormemente complejo y sensible, que necesita mucho cuidado, oración y preparación. Esto no se puede exagerar. Confrontar asuntos de inmoralidad, cólera, discordia, chismes, adicciones, divisiones, cólera y los otros síntomas de la carne es arriesgado. Lleva el potencial de gran daño, dolor, corazones rotos, vidas derrotadas, pleitos judiciales, etc.

Incluso mejor que lidiar con los síntomas de la carne, ¿no quisiéramos que pudiéramos detener los síntomas antes de que aparezcan? ¿Qué tal si hubiera una vacuna contra la carne? De acuerdo a Pablo, la hay. Su solución a la carne es andar y vivir en una relación personal dirigida por el Espíritu, de amor profundamente dependiente con nuestro Dios soberano. Por consiguiente, el enfoque primordial de todo lo que sucede en la iglesia debe ser señalar a las personas en esa dirección: llevar el enfoque a Cristo.

¿No sería mejor que el liderazgo de la iglesia haga de la profundidad de su amor a Dios la prioridad? En términos de la salud global de la congregación, ¿hay algo más importante que el liderazgo mismo cultivando y preservando esa relación personal dirigida por el Espíritu con Dios y luego pasándola a la congregación? Jesús dijo que esta es la prioridad de Dios. ¿No debería el liderazgo tener la misma prioridad como Dios? Debe empezar con nosotros, como líderes.

Hemos visto en muchas iglesias, y sin embargo podemos contar en una mano el número de grupos de liderazgo (juntas, etc.) que en forma activa y práctica hacen del crecimiento y mantenimiento de su relación personal de amor con Dios su prioridad. Es trágico. O bien que ellos dan por sentado que no hay batalla y Pablo se equivoca, o piensan que son tan profundamente maduros en Cristo que están por sobre todo riesgo. Suena mucho como orgullo, ¿verdad? Tal vez esta es la razón real por la que muchas iglesias están en declinación. Tal vez liderazgo de la iglesia está pasando demasiado tiempo luchando con lo que ellos piensan que es urgente, en lugar de lo que Dios llama prioridad número uno.

Tenga cuidado aquí. Nuestra prioridad es amar a Dios cada vez más hondo; por Dios mismo. Nuestra prioridad no es una relación más honda con Dios por lo que podemos sacar de ella.

En su devocional My Utmost for His Highest, Oswald Chambers resume esta prioridad en la devoción para el 12 de marzo:

Nuestro motivo para la rendición no debe ser ninguna ganancia personal. Nos hemos convertido en tan egocéntricos que acudimos a Dios sólo por algo de Dios, y no por Dios mismo. Es como decir: «No, Señor, no te quiero a ti; me quiero a mí mismo. Lo que sí quiero es que me limpies y me llenes con tu Santo Espíritu. Quiero estar en exhibición en tu vitrina para poder decir: “Esto es lo que Dios ha hecho por mí”». Ganar el cielo, ser librado del pecado, y ser hecho útil para Dios son cosas que nunca deben siquiera ser una consideración en una rendición real. La rendición genuina total es una preferencia soberana personal por Jesucristo mismo.

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