El espíritu impulsado por la iglesia por Allen Quist y Tim Robnet

Iglesia Dirigida por el Espíritu

Por Tim Robnett y Allen Quist

Capítulo 1

DE MUERTE A VIDA

Era una tarde fría en el norte de Portland, Oregón, que aumentaba la tristeza de un grupo reunido alrededor del cuerpo moribundo de una amiga. La palabra «amiga» no lograba captar sus sentimientos, porque era más que amiga, más que vecina, y de muchas maneras más que familia. Esta amiga era el cimiento de la estabilidad en su mundo inestable, la fuente de fortaleza cuando ellos luchaban contra la impotencia avasalladora y un ancla en sus tempestades.

Estando alrededor de su amiga, todo lo que podían pensar era: «¿Por qué?» ¿Por qué sucedía eso? ¿Cómo empeoró tanto la situación? ¿Cómo pudieron pasar por alto los síntomas? Tal vez si hubieran prestado más atención hubieran podido hacer algo. ¿Había algo que todavía podían hacer para salvar a su amiga?

Por más que lo quisieran, el grupo no podía responder a esas preguntas acerca de su amiga, la Iglesia Evangélica Central, y nadie podía negar que el fin estuviera cerca.

Yo (Allen) estaba en esa reunión con el equipo de liderazgo de la iglesia cuando pregunté:

—¿Cuándo piensan que tendrán que cerrar las puertas para siempre?

—¿Qué quiere decir con eso de cerrar nuestras puertas? —preguntó alguien.

—¿Cuántas personas necesitan para seguir ministrando?

—Vaya, esa es una pregunta difícil. Pienso que si nos reducimos a lo esencial necesitaríamos por lo menos unas treinta y cinco.

—¿Cuál fue su asistencia promedio en cada uno de los tres años pasados y este año? —pregunté.

—Fue de setenta y nueve, setenta y uno, sesenta y cinco, y cincuenta y seis.

—Siguiendo esa tasa de declinación, ¿cuándo piensan que llegarán a los treinta y cinco?

—Como en unos tres años... tal vez menos —fue la respuesta a regañadientes.

—Una vez que la asistencia sea menos de treinta y cinco, ¿qué impacto tendrá eso?

—Supongo que quiere decir que tendremos que cerrar nuestras puertas y pasarle el edificio y el terreno a alguna otra iglesia u organización sin fines de lucro.

Hicimos una pausa mientras los líderes contemplaban su situación. Entonces les pregunté:

—¿Qué piensan al respecto?

Uno de los líderes, Willis Krieger, respondió con angustia en los ojos:

—Esta es la conclusión obvia, pero no puede ser posible. Esta es la única iglesia que jamás he conocido.

CÓMO EMPEZÓ

En su infancia, la iglesia de Portland rebosaba de aventura. Empezó el 22 de junio de 1913, cuando un grupo de inmigrantes alemanes, Georg Hohnstein, Conrad Wacker, Ludwig Deines y Christian Baecker, fundaron la Segunda Iglesia Alemana Congregacional con la ayuda de un fogoso predicador, el reverendo Heinrich Hagelganz.

Sin darse cuenta de la naturaleza profética de sus palabras, Hagelganz escribió en el diario de la iglesia: «Aconsejamos a los hermanos, sobre todo, tener presente al Señor y manejar todo en amor».

El reverendo Hagelganz aceptó ser su «consejero espiritual» siempre y cuando pudiera continuar sirviendo a la vez como pastor en su congregación de Beaverton. Viajaba a Portland cada dos domingos.

«De todos lados hubo oposición que enfrentar», escribió Hagelganz, «pero ninguno [de los organizadores] se negó a continuar con el proyecto. En todo momento, gracias a la fuerza de los hermanos trabajando juntos, el Señor pronto nos concedió su honor para celebrar la victoria».

Creyendo que Dios bendeciría sus esfuerzos, más tarde ese verano el pequeño grupo dio un paso de fe y compró un lote en la Avenida 8 Noreste y la calle Skidmore, conviniendo en gastar cuatro mil dólares para construir un nuevo templo. Para destacar su fe pusieron una inscripción frente al santuario con palabras que ellos decían de corazón: Predicamos a Cristo, y a Cristo crucificado.

Hagelganz escribió: «En la ofrenda para financiar este edificio, los miembros respaldaron el proyecto muy bien y así la obra del Señor continuó bendecida. Dado que el número de miembros aumentaba todo el tiempo, la casa de Dios pronto quedó muy chica».

En 1921, respondiendo a las necesidades del rápido crecimiento de la Escuela Dominical, de nuevo esta joven congregación se aventuró. Añadieron diez metros más al santuario principal y construyeron un sótano debajo de todo el edificio.

Como todas las iglesias incipientes, enfrentaron muchos retos, incluyendo el conflicto generacional entre los adultos mayores que hablaban alemán y la generación más joven que hablaba inglés, así como también un conflicto entre las culturas alemana y estadounidense. Sin embargo, el fuego por Dios alimentaba a la iglesia que crecía. Para 1927, la siguiente generación de líderes no estaba solo sirviendo a la Segunda Iglesia Alemana Congregacional, sino también ministrando en otras iglesias de Portland. Fueron precursores de los movimientos actuales de iniciación de iglesias y de ayuda a las iglesias.

¡PRECAUCIÓN! PELIGRO POR ADELANTE

Conforme el grupo aventurero se ajustaba a las condiciones cambiantes tanto dentro como fuera de su congregación, las temporadas de crecimiento se mezclaron con temporadas de declinación. Con el correr de los años, la iglesia produjo pastores, misioneros y dirigentes espirituales de la comunidad. Abrazaron la Asociación de Hombres Cristianos de Negocios, el comienzo de Juventud para Cristo del área de Portland, y más.

Para enero de 1961 se encontraron encajonados. Necesitaban un edificio mucho más grande porque el lugar que les había dado tantos años maravillosos ahora les impedía ampliarse. Siempre dispuestos a arriesgarse por Dios, se aventuraron hacia afuera al noreste de Portland y compraron un terreno de una hectárea en el que los hombres construyeron un templo más grande, donde todavía están hoy, y a la vez cambiaron su nombre a Iglesia Evangélica Congregacional.

Cambiaron el nombre pero no su misión para Jesucristo. Durante años, la iglesia se extendió por el noreste de Portland y continuaron tocando familias para nuestro Señor. Fueron años productivos, escribe la historiadora de la iglesia Joanne Green Krieger. Ella los llama: «años de ministerio vital».

Al mirar al pasado, nuestra retrospección es excelente. ¡Cómo quisiéramos poder retroceder y aconsejarles a los líderes que tuvieran cuidado! La prosperidad le abre la puerta a la confianza propia, a riesgo de salirse de la dependencia de Dios. Nuestros pensamientos harían eco del consejo profético de Heinrich Hagelganz: «Sobre todo, tengan presente al Señor y manejen todo en amor».

Dos grandes peligros se cernían sobre ellos. Primero, la siguiente generación de líderes estaba tomando a su cargo el liderazgo, y segundo, la nueva comunidad que los rodeaba estaba creciendo con rapidez y la conformación de la población estaba cambiando. Los líderes de la iglesia necesitaban «tener presente al Señor», y a la vez ser sensibles a lo que el Espíritu de Dios estaba pidiéndoles que hicieran para adaptarse a los cambios en la comunidad.

AFECTOS EN CONFLICTO

Tristemente, conforme el liderazgo se transfería a la tercera generación, todo empezó a ir cuesta abajo. La iglesia perdió el contacto con sus vecinos y con lo que Dios quería que hiciera con sus buenas nuevas. Aunque no se lo proponían, el proclamar la fe se disolvió en una buena intención para algún día futuro. Demasiadas otras cosas se interponían: trabajos, familias, pasatiempos, coches. Hemos descubierto que los creyentes irán en pos de lo que sea o de quien sea que goza de su mayor afecto. Por desdicha, el afecto por Dios a menudo es desplazado al segundo lugar por el afecto a las cosas de este mundo.

Willis Krieger tiene su relato de dolor y desilusión, contemplando la muerte lenta de la única iglesia que había conocido. «En los primeros años», dice Krieger, «teníamos renovación y crecimiento. Las personas dedicaban sus vidas a andar toda la vida con Jesús, lo que era obvio en su diario vivir. Trabajaban y tenían éxito porque Dios les daba éxito. Sin embargo, mi generación simplemente no tenía el fervor. No tenía la consagración. Se dedicaban a sus propias carreras, casas y vacaciones».

Willis continúa: «Yo era parte de un grupo de quince familias jóvenes, y hoy mi esposa y yo somos los únicos que quedamos de esas quince. Mucho de la declinación fue por personas que seguían sus carreras y no sabían cómo hacer eso y todavía andar con Jesús. Estábamos simplemente, por así decirlo, manteniendo el paso». Para esas familias el afecto por Dios ocupó el segundo lugar detrás de los asuntos de la vida, a pesar de la advertencia del apóstol Pablo: «Ningún soldado que quiera agradar a su superior se enreda en cuestiones civiles» (2 Timoteo 2:4).

Llegando a la década de los setenta, conforme el nuevo liderazgo asumía una mayor influencia, la iglesia cayó más hondo en el estilo de vida de «mantener el paso» y en «hacer las cosas de la iglesia» de la misma forma semana tras semana. Rara vez la visitaban nuevas personas; y si acaso la visitaban, nunca volvían.

Por favor, tenga presente que estas son buenas personas; ellas no pusieron a la iglesia de forma intencional en esta declinación. Sin saberlo cayeron en la trampa de no darse cuenta de lo que estaba sucediendo a su alrededor, y si acaso captaron algún indicio, no fue lo suficiente fuerte como para llevarlos a hacer algo al respecto.

Uno puede imaginarse cómo fueron las cosas. Con el correr de los años, todo era lo mismo, solo más pequeño: programas de navidad más pequeños, menos niños, menos adultos y casi ninguna visita. Las comidas de amistad y los cultos de adoración seguían siendo lo mismo. Organizaban las mismas ventas de repostería vendiendo lo mismo a las mismas personas para recoger dinero para los mismos misioneros.

La gente lo llama rutina... y eso es mortal. Los hábitos y tradiciones se hacen cargo, y la gente se va alejando de la sensibilidad a la pasión de nuestro Señor. La impredecible vida dirigida por el Espíritu y llena de aventura por Dios da lugar a lo cómodo, y pocos lo piensan dos veces.

Por desdicha, nadie cuestiona si todas estas «cosas de la iglesia» es lo que Dios quiere. Nadie compara lo que Dios ha dicho con lo que la iglesia está haciendo. Qué fácil es convertir la tradición extrabíblica en algo que la gente piensa que Dios nunca cambiará.

En la década de los ochenta, durante los años en que John Schneider era pastor en la Iglesia Evangélica Congregacional, llegaron algunas familias jóvenes, por lo menos lo suficiente para compensar la pérdida de los miembros ancianos. Sin embargo, con los jóvenes vino la tensión entre los dos grupos de edad. Los miembros jóvenes querían hacer cambios en asuntos tales como la música, paseos, y el uso del edificio por parte del vecindario. A los miembros más antiguos, que tenían las cuerdas en las manos, les gustaban las cosas como eran. El abismo dentro de la iglesia estaba empezando a parecerse al Gran Cañón del Colorado. Esta condición no podía continuar, y no continuó.

¿ANÁLISIS DE TIEMPO?

En 1994, el pastor renunció, seguido poco después por la salida de las familias jóvenes, dejando a la generación anciana subsistir «manteniendo el paso». Si iba a haber una experiencia que les abriera los ojos a estas buenas personas, tendría que ser esa. Sin embargo, no lo fue.

Debido a que les fue difícil hallar un pastor que los dirigiera, por casi dos años se las arreglaron con pastores interinos e invitados al púlpito. La iglesia continuó reduciéndose... solo que más rápido que antes. Estos santos ancianos se sentían cada vez más y más desesperados.

¿Qué podrían hacer?

Lo que no hicieron fue acudir a Dios, esperando que Dios pudiera enseñarles algo en cuanto a la causa de su problema. Lo que sí hicieron fue mirar solo a los dos síntomas, el descenso en el número de asistentes y el púlpito vacío, e hicieron lo que muchos hubieran pensado que fue una decisión razonable.

El pastor Tom Lyman explica: «Hablaron con la Iglesia Metodista Central Libre, una iglesia envejecida como la de ellos pero con un pastor joven. Fusionaron las dos iglesias, aceptando al pastor metodista libre como pastor de la nueva iglesia, ahora llamada Iglesia Evangélica Central. De esa manera pudieron resolver ambos problemas a la vez. Pero con todo, no hicieron las cosas de la iglesia de una forma diferente a la que las hacían». En otras palabras, siguieron «manteniendo el paso».

TIEMPO DE DETENER LA LOCURA

Si la «locura» es no hacer nada de forma diferente, y esperar un cambio, entonces la Iglesia Evangélica Central debe haber estado próxima a padecerla. En lugar de alinear sus corazones con el corazón de Dios y permitir que el Espíritu Santo los guiara para salir de la declinación, permitieron que la caída continuara.

Se olvidaban de la pasión de Dios por las personas perdidas y por el crecimiento de sus seguidores, y sin intención se estaban convirtiendo en un lugar nada atractivo para que los no creyentes buscaran a Dios. No eran atractivos para los que querían estar en un medio ambiente que estimulara un andar más íntimo con Dios. Cuando uno está en la rutina, es difícil reconocer lo que está sucediendo.

Peter Drucker escribe: «Las organizaciones sin fines de lucro son proclives a ser introspectivas. Las personas están tan convencidas de que están haciendo lo debido, y están tan dedicadas a su causa, que ven la institución como un fin en sí misma. Pero eso es burocracia. Pronto la gente en la organización deja de preguntar: “¿Sirve esto a la misión de Dios para nosotros?” En su lugar preguntan: “¿Encaja esto en nuestras reglas?” Y eso no solo inhibe el desempeño sino que destruye la visión y la dedicación». Estas palabras describen la condición de la Iglesia Evangélica Central.

Sin embargo, la Iglesia Evangélica Central no era un cuerpo típico de miembros envejecidos. Tenían una herencia de un pueblo que amaba a Dios, que dependía de Dios, y que sentía pasión por la pasión de Dios. Por desdicha, la Iglesia Evangélica Central solo vivía en el recuerdo de su herencia.

Eso nos lleva de regreso a la escena con que empezamos este capítulo. Con el equipo de liderazgo alrededor de su amiga moribunda, incapaces de figurarse qué había salido mal, nadie podía negar que el fin con toda probabilidad estaba cerca.

HAY QUE LIBRARSE DE LAS VACAS SAGRADAS

Después de mirar alrededor del salón, Willis añadió:

—Esto da miedo.

—Willis, esta situación no es rara —le dije—. Win Arn escribió que cuatro de cada cinco [iglesias] están bien sea estancadas o en declinación. La situación de ustedes se ha vuelto una epidemia en muchas de las iglesias estadounidenses hoy.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Willis.

—No lo sé —respondí—. Sugiero que todos ustedes se lo pregunten a Dios. Por qué no llevarle a Dios su futuro, pero con el claro entendimiento de que todo, es decir, todo aquello a lo que se están aferrando ahora en su manera de “hacer las cosas en la iglesia”, esté en el altar para que Dios lo cambie.

George Barna escribió: «Las iglesias triunfadoras que hemos estudiado no tienen vacas sagradas». La resolución de librarse de las vacas sagradas fue justo la que tomaron los líderes de esta iglesia envejecida. El pastor Tom Lyman se reunió con la congregación después del culto del domingo siguiente, presentándoles la predicción de que con toda probabilidad tendrían que cerrar sus puertas en tres años si no hacían algunos cambios drásticos.

EL CAMBIO

La congregación se comprometió a todo un mes de oración. Realizaron una vigilia de oración de un mes de duración combinada con tiempos de oración corporativa por las noches. La gente oró pidiendo el cuidado y la dirección de Dios, y luego oraron pidiendo un corazón que escuchara, dispuesto a dejar a un lado cualquier cosa que estuviera estorbando a la Iglesia Evangélica Central. Por supuesto, se dieron cuenta de que no sería fácil. La decisión de dar un paso por Dios no reduce la tentación de ser independientes de Dios.

George Barna escribe: «En la mayoría de las iglesias con las que he trabajado o he estudiado, y que se han estancado o están en declinación, algunos de los ministerios de la iglesia están fuera de límites para revisión o debate. Quizás sea la calidad de la predicación del pastor. Tal vez sea la apariencia de los edificios y predios. A veces es la naturaleza del culto de adoración o la productividad de los ministros».

¡Fue un fuerte llamado a despertarse!

El no hacer cambios quería decir que la iglesia cerraría sus puertas, ¡y eso asustaba!

Sin embargo, detener la muerte de su iglesia significaba que debía haber un cambio serio. Ya no podían seguir pensando que de alguna manera, sin hacer nada de forma diferente, todo se mejoraría. ¡Eso también daba miedo!

El 6 de junio del 2002, justo después del mes de oración de la Iglesia Evangélica Central, Doug Frazier, pastor de la Iglesia Comunitaria Noreste, abruptamente aturdió a Tom con una sencilla pregunta durante una conversación mientras almorzaban: «¿Qué tal si nuestras iglesias se unen?» Noreste rentaba el edificio los sábados por la noche, así que parecía como si Dios estuviera juntándolas. ¿Podría ser esto lo que Dios quería decirles? Tom conocía a su congregación y el gran impacto que esto tendría. Esto no era como la unión que intentaron hacer en 1996 y que no logró cambiar el enfoque de la Iglesia Central. Estos eran jóvenes, con ideas jóvenes y un pastor joven plenamente respaldado por su congregación joven.

Había muchas decisiones. ¿Cómo querría Dios que cada iglesia se ajustara para que las dos se unieran? Ambas iglesias entendían el conflicto entre andar en el espíritu y seguir los deseos de la carne; vivir a la manera de Dios en lugar de «a mi manera» (Gálatas 5). Ambas iglesias tenían que entender que estarían formando un nuevo cuerpo muy diferente de lo que cada iglesia había sido. ¿Estarían dispuestas a aceptar tanto cambio?

Esto no era asunto pequeño. Era el mismo asunto que Josué y el pueblo de Dios enfrentaron cuando Dios los guió a cruzar el Jordán, a los muros de Jericó, y a tantas batallas que tuvieron que pelear. ¿Iban ellos a creerle a Dios y permitirle que dirigiera la aventura, o tratarían de mantener el control y seguir siendo independientes?

En la unión de 1996, la Iglesia Evangélica Central ni siquiera consideró ceder nada. No se les ocurrió la idea de que Dios quería que ellos pensaran de nuevo lo que estaban haciendo. Debían haber sabido que la vida de la iglesia no marchaba bien. No lo pensaron de nuevo en 1996; ¿podrían hacerlo ahora?

Estoy convencido de que la respuesta a esa pregunta hubiera sido un resonante no... si Dios no hubiera preparado a toda las partes para esta decisión.

¿VICTORIA O DERROTA?

Enormes asuntos se cernían sobre ellos. Tanto Noreste como la Iglesia Evangélica Central tendrían que hacer sacrificios. El primer asunto importante que ambas iglesias enfrentaron fue pasar de ser iglesias dirigidas por la congregación a ser una iglesia dirigida por ancianos. Esto quería decir que el control pasaba de la congregación a los ancianos, y que ellos tendrían que depender de los ancianos para escuchar y obedecer a Dios. Parecía bastante sencillo, pero significaba que la gente cedía el poder y el control, y muy pocos están dispuestos a hacer eso... a menos que el Espíritu Santo tome el control.

También había sacrificios que cada una tendría que hacer por su parte

SACRIFICIOS DE NORESTE

SACRIFICIOS DE EVANGÉLICA CENTRAL

Libertad de hacer cambios rápidamente

Seguridad de caras familiares

Liderazgo completamente joven

Control de la música

Una generación de mayor edad que atender

Control de la cocina

Una generación de mayor edad que atender

Pérdida de la rutina predecible

Púlpito compartido

Tranquilidad

El segundo asunto importante, más para la Evangélica Central, fue lidiar con las transiciones. William Bridges escribe: «Puede haber cualquier cantidad de cambios, pero a menos que haya transiciones, nada será diferente cuando se aclare el polvo ... La transición es diferente. El punto de arranque para la transición no es el resultado sino el fin que uno tendrá que hacer para dejar atrás la vieja situación».

Considérese la cocina. ¿Cómo se sentiría usted si, después de vivir cincuenta años en una casa, un amigo se muda a ella y de repente usa nuestra cocina? No podemos hallar el salero porque alguien lo puso en el lugar errado. En la despensa hay comidas que no nos gustan. El helado ha desaparecido y estamos seguros de que todavía quedaba un poco la última vez que nos servimos. Parece trivial, pero ceder la propiedad de la cocina de la iglesia es un paso gigantesco.

¿Estamos dispuestos a hacer lo que sea que Dios nos dirija a hacer por amor al evangelio, al nivel del que el apóstol Pablo habla en su carta a los Corintios?

Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible. Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos. Entre los que viven bajo la ley me volví como los que están sometidos a ella (aunque yo mismo no vivo bajo la ley), a fin de ganar a éstos. Entre los que no tienen la ley me volví como los que están sin ley (aunque no estoy libre de la ley de Dios sino comprometido con la ley de Cristo), a fin de ganar a los que están sin ley. Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles. Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos.

—1 Corintios 9:19-23

Una iglesia saludable abandonará lo que sea que Cristo les llame a dejar por causa del evangelio.

Aunque al parecer raro, los dirigentes de la Iglesia Evangélica Central y la Iglesia Comunitaria Noreste estuvieron dispuestos a reenfocar sus afectos, alejándolos de sus propias agendas, intereses propios, comodidad y seguridad para ponerlos en la persona de Jesucristo. Las congregaciones de ambas iglesias con entusiasmo aprobaron: «Con la ayuda de Dios, ¡sí!» «Sí» a abrazar una nueva obra. «Sí» a permitir que el Espíritu los dirija a un territorio desconocido. «Sí» a vivir sus vidas encendidas por Dios en lugar de seguir la corriente con comodidad.

Cuando me reuní por primera vez con el equipo de liderazgo de la Iglesia Evangélica Central, el desaliento, la fatiga y la derrota se veía en toda cara. Desde su intrépida decisión de unirse con la Iglesia Comunitaria Noreste, estos mismos dirigentes ancianos tenían un nuevo aspecto. Hay vida, entusiasmo y expectación por la obra continua de Dios en sus vidas y en la de su nueva iglesia: la Iglesia Comunitaria Palabra de Vida.

Mire lo que Dios ha hecho. Ha tomado un grupo de familias jóvenes con la determinación y valentía para empezar una nueva obra y los ha unido con un grupo de creyentes mayores con el valor para volver a empezar una obra por Jesucristo. ¿Qué exige mayor valor? ¿Cuál es el mayor sacrificio? No lo sé. Sin embargo, debo admitir que cuando me detengo y medito en la obra que Dios ha hecho en los corazones de los dirigentes y la congregación de la Iglesia Evangélica Central, se me salen las lágrimas. Estos santos especiales han tocado el corazón de Dios.

«Pienso que es asombroso», recuerda Doug Frazier. «Allí está un grupo de personas mayores que cuando las conocí, pensé: “Esta va a ser una jornada difícil”. Sin embargo, en apenas pocos meses, se abrieron a un nuevo territorio y echaron a la basura todo lo que en un tiempo les proveía seguridad».

«El “yo” tuvo que hacerse a un lado», dice Willis Krieger. «Sé que para mí y Adam [Bihn] eso no fue una decisión fácil porque esta iglesia es la única que conocíamos. Fue el Espíritu Santo que obró en nuestros corazones y los corazones de estas personas». Volviendo a las palabras del reverendo Hagelganz: «Ten en mente al Señor y maneja todo en amor».

Willis dijo en una de nuestras reuniones más recientes: «Tengo un nuevo problema. Desde que hemos estado escuchando a Dios y procurando realizar sus pasiones, estamos teniendo más visitantes, y esos visitantes se están quedando. Ahora hay un montón de personas que todavía no conozco. Me parece que es un buen problema».

¿A DÓNDE VA ESTO?

Cuando los líderes y miembros de una iglesia caen en la rutina y las tradiciones no bíblicas, se levantan altas murallas que limitan al Espíritu Santo, a quien Dios nunca tuvo la intención de que nosotros limitemos. Nuestra vida en Cristo (o como Pablo dice en Gálatas 5: vivir por el Espíritu) es dinámica y fluida, y no encerrada con llave en lo predecible o bajo nuestro control. La Iglesia Comunitaria Palabra de Vida ahora está aprendiendo lo que quiere decir andar en el Espíritu.

El resto de este libro es nuestro esfuerzo por dirigir la atención del lector a la relación personal de los líderes cristianos con la persona de Jesucristo, dirigiendo la atención a las implicaciones del liderazgo y la administración. Estas implicaciones se centran en una relación personal de amor dependiente de Jesucristo y el retorno a su soberanía en los aspectos reales y prácticos de nuestras vidas y de la vida de la iglesia.


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